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Wednesday, September 15, 2010

15 Cuentos cortos: Homero


HOMERO

Ministerio de Cultura
Dirección Sistema Nacional de talleres Literarios
Taller literario narradores de Santo Domingo

Taller de escritura creativa
La narración

Cuento escrito en la tertulia de Valentín Amaro
el viernes 19 de marzo de 2010



Homero se paró y pidió la palabra.
-Yo soy Homero Prestol y quiero decir algo.
Hubo gente que se calló, otro siguieron hablando.
-Quiero que me pongan atención.
Los que hablaban miraron con curiosidad hacia donde él estaba.
-Di, Homero. ¡Sal de eso, hombre! –le gritó uno, y rio, como si se burlara de él.
-Voy a decir.
Hubo silencio.
-Yo no acepto lo que acaba de proponer Margarito.
Siguió el silencio.
-Yo creo que no es verdad lo que dijo.
Más silencio.
Todos esperaban.
Margarito no se movió de donde estaba.
-Margarito, ¿qué tú piensas? –preguntó el mismo que habló antes.
-¡Nada! ¿Y quién le hace caso a Homero?

14 Cuentos cortos: El hombre equivocado


EL HOMBRE EQUIVOCADO
Febrero 1991

Por Manuel Salvador Gautier


Llegó el alemán. Era un hombre largo, de mirada honesta. Lo más curioso: parecía un hombre de la sierra, con su piel rugosa y colorada, sus cabellos medio melaza, medio amarillos, y sus medias palabras, que no se entendían. Claudio, uno de nuestros técnicos, fue a recibirlo al aeropuerto de Santo Domingo y lo trajo en la camioneta. El hombre le enseñó la comunicación de la institución alemana, que, asumimos, lo acreditaba como el técnico forestal solicitado por nosotros, y Claudio cargó con él, sin conversar mucho, porque el diálogo era casi imposible. El alemán sólo hablaba alemán, lo cual creaba la dificultad.
Me lo trajeron, porque también decía algunas cosas en inglés, y yo lo hablaba un poco. Con señales más que con palabras, le di a entender que era bienvenido, que deseábamos mucho su asistencia técnica y que estábamos en el punto del programa de reforestación en que su orientación profesional nos sería de enorme ayuda. En esa época, estaba comenzando el Plan Sierra en las lomas de Jánico y San José de las Matas, en la cuenca del río Bao, y habíamos conseguido el financiamiento y la asesoría técnica de varias entidades extranjeras, que colaborarían con nosotros para llevarlo a cabo. El alemán llegó a las sierras, lo instalamos, lo acomodamos y nos dispusimos a sacarle el jugo. Lo metimos por las lomas para que evaluara la situación y nos diera las recomendaciones de lugar. Sabíamos que las condiciones forestales en las sierras eran graves. En una época habían sido montes bravíos; pero con el tiempo, fueron devastadas, y ahora servían de pasto a un ganado escaso y daban subsistencia a una población depredadora, ignorante de lo destructivo de su acción, agobiada por la pobreza y orientada hacia la emigración, dentro o fuera del país.
Pasó el tiempo. El alemán anduvo para arriba y para abajo, vio, miró, evaluó y, en su español escaso, aprendido a la carrera, y su inglés poco exacto, nos presentó ideas imprecisas que no tenían nada que ver con lo que queríamos. Nuestros técnicos comenzaron a desesperarse, a lamentarse; pensaban que nunca se entenderían con el alemán. Yo tenía suficiente experiencia manejándome con organismos internacionales para saber que, en ocasiones, mandaban técnicos muy bien preparados, que fracasaban por aferrarse a modelos exitosos en otros países con escasa aplicación a los países donde estaban. El alemán se perfilaba como uno de ésos, y comenzamos a presionar, para que produjera lo que realmente necesitábamos; pero mientras más lo presionábamos, menos nos entendíamos.
—Este señor no sabe nada de reforestación —manifestó Claudio en una ocasión.
Al fin, el hombre se presentó preocupado a mi despacho, quería hablar conmigo. Su mirada honesta era ahora un amasijo de sentimientos.
—Yo no ser forastero —me dijo.
Entendí que me hablaba de discriminación, de una situación en que él se sentía que lo atropellaban por no ser del lugar. El hombre quería que lo tratáramos como a uno de nosotros. Aunque eso era imposible, porque él era extranjero, y por serlo, no iba a zafarse de hacer lo que tenía que hacer.
—Usted es forastero —le dije—. Sin embargo, aquí lo hemos tratado como a todos. Sólo le pedimos que nos entregue el trabajo que vino a hacer —no quería que me exigiera privilegios, tampoco que se valiera de una supuesta discriminación para no hacer lo que debía.
—No. Usted no entender. Yo no ser forastero —insistió el alemán.
Era una niñada... ¿o no? ¿Qué era realmente lo que quería decirme?
Noté su afán, su mirada honesta. Sentí que debía hacer un esfuerzo mayor para comprenderlo; quizás éramos nosotros los exigentes. Hablé con él en nuestro lenguaraje de español, inglés y alemán, hasta que capté el asunto. Lo que trataba de decirme era que él no era técnico forestal, como nosotros habíamos asumido, sino arquitecto paisajista, una profesión muy ligada a los bosques en lugares como Alemania.
¿Cómo nos habíamos equivocado de esa manera?
Me quedé mirándolo. Después de tanto afán para conseguir esta asistencia técnica, iba a ser un desperdicio; mas primó nuestro interés por sacarle el jugo a sus conocimientos. Encontramos una solución. En el terreno baldío que el Plan Sierra tenía pegado al pueblo de Jánico, creamos el Parque Botánico del lugar. ¿Tú lo conoces? Ve a verlo. El Plan puso los terrenos, el alemán lo diseñó, y los munícipes buscaron el financiamiento. Con dinero de los dominicanos ausentes, porque no se consiguió con los organismos internacionales que nos ayudaban en el Plan Sierra.

13 Cuentos cortos: La Venus hierática


LA VENUS HIERÁTICA
"Deslumbradora de hermosura y gracia..." Fabio Fiallo

UNPHU, Facultad de Humanidades
Cursillo de Creación Literaria, Prof. José Enrique García
Junio 1990

Llovía. La noté de repente, cuando el autobús en que yo viajaba quiso rebasar una camioneta y no pudo. Era muy hermosa. Estaba agazapada en una esquina de la cama del vehículo, recostada contra la cabina. La cabeza de un joven delante de mí me impedía verla de lleno, y yo no podía apreciar bien su cuerpo. Aún así, lo imaginaba ceñido por la ropa mojada como una piel que sobraba. Llovía, y yo no comprendía cómo los que iban dentro de la cabina de la camioneta podían dejarla abandonada, así, a una intemperie de viento y agua, sin ningún miramiento. Quería protegerla, cuidarla. En mi mente, no podía permitir que siguiera expuesta al azote de la naturaleza. Sin embargo, a ella no parecía importarle. Iba con la cabeza erguida, soberbia; miraba hacia adelante, con una tranquilidad y una serenidad imperturbables. Era tan hermosa, tan perfecta, intocable... como una Venus hierática.
El autobús trató de rebasar otra vez la camioneta y no pudo. Ella miró hacia un lado de la carretera, luego hacia el otro; abarcaba el paisaje, ignoraba el afán del autobús de rebasar. La lluvia seguía copiosa, la castigaba con su violencia. Yo trataba de adivinar sus formas, comprobar lo que imaginaba. Intenté verla mejor; pero la cabeza del joven de espaldas a mí me obstaculizaba. La muchacha se había convertido en una obsesión para mí. Deseaba poseerla, acapararla, absorberla. Era muy hermosa, perfecta, intocable... como una Venus hierática.
El autobús comenzó a rebasar la camioneta. El joven delante de mí movió la cabeza y vi su rostro. Intentaba hacer contacto con ella. Le hacía musarañas con la boca, con los ojos, con la frente; la incitaba, buscaba atraerla. Aceché la reacción de ella. Seguía soberbia, imperturbable, los ojos fijos hacia delante, desentendida de lo que ocurría a su alrededor. Era tan hermosa, tan perfecta, intocable... como una Venus hierática.
En el rebase, el joven le hizo una última morisqueta, luego alzó su mano e hizo un saludo lento de despedida, como quien ha sido vencido y no espera nada de su adversario.
Ella lo miró, plegó la frente, hizo una mueca burlona con la boca... y le sacó la lengua. El joven estalló en risa y le lanzó un beso al aire, soplado con picardía.
Yo suspiré, aturdido, desilusionado.
Siempre me pasa eso. En las cosas más importantes de la vida, busco la perfección y sólo encuentro humanidad. Soy un iluso.

Saturday, September 11, 2010

10 Cuentos infantiles: EL CASO DE LA MUCHACHITA QUE SUBIÓ LA MONTAÑA


EL CASO DE LA MUCHACHITA
QUE SUBIÓ LA MONTAÑA

Por Manuel Salvador Gautier


Había una vez una muchachita que vivía al pie de una montaña alta, muy alta, junto con su papá y su mamá y sus seis hermanitos. Como ella era la más chiquita y la única hembra, su papá y su mamá y sus seis hermanitos la criaron con mucha ñoñería y mucho consentimiento, y la cuidaban para que no se diera golpes, le ofrecían las porciones más sabrosas de la comida y le arreglaban la cama para que estuviera cómoda y fresca al dormir, en fin, la rodeaban de tanto cariño y celo que cualquier otra muchachita se hubiera puesto vana y parejera.
A cada rato un hermanito le decía:
—Toma, hermanita; ten este vaso con jugo de naranja para que te refresques.
Otro le decía:
—Ven, para ayudarte con la asignación de aritmética.
Cuando la muchachita aprendió a caminar y se iba a hacer diligencias lejos de la casa, su papá o su mamá la prevenía:
—Ten cuidado cuando cruces la carretera.
O:
—No te quedes hasta muy tarde fuera de la casa.
También le advirtieron sobre la montaña.
—Es una montaña muy parada y peligrosa —le dijo su mamá—, y una muchachita podría caerse fácilmente y tener un accidente serio. Como está al lado de la casa, es también una tentación subirla. Sólo debes hacerlo si tienes una necesidad muy grande, y con mucho cuidado.
Ella los oía a todos, sonreía dulcemente, y cada día quería más a su papá y a su mamá y a sus seis hermanitos, que la añoñaban y la consentían tanto. Para responderles con el mismo empeño, los obedecía y daba gracias a Dios por hacerlos tan buenos y cariñosos.
Un día, mientras ella cantaba en su habitación esperando a que volviera uno de sus hermanitos con sábanas limpias para la cama, se posó en la ventana abierta un pajarito amarillo, que comenzó a trinar y a trinar.
Ella le preguntó:
—¿Qué te pasa, pajarito amarillo? ¿Quieres acompañarme a cantar mi canción?
Entonces, el pajarito amarillo le respondió:
—Si no fuera porque estoy tan preocupado, te acompañara a cantar tu canción, que es muy linda.
Ella le preguntó:
—¿Qué puede pasarle a un pajarito como tú? Dímelo, que si puedo ayudarte, te ayudaré.
El pajarito respondió:
—Lo que pasa es que tengo mi nido allá, en lo alto de la montaña, con mi esposa y cinco pichoncitos, y llevo tres días busca que busca comida, y no encuentro qué llevarles. Me posé aquí un rato, réquete cansado y réquete triste, trinando mi angustia. Si me pudieras ayudar llevando un canasto de granos a mi nido, cuando llegues allá arriba, te regalaré un par de alitas que te pondrán a volar como a mí.
La muchachita juntó las manos y con una gran sonrisa y mucha ternura, dijo:
—No me tienes que dar nada, pues mi papá y mi mamá y mis seis hermanitos me lo dan todo; mas yo no quiero que tú y tu familia se mueran de hambre, así que ahora mismo voy a llenar una canasto de granos y voy a subir la montaña para llevarlo a tu nido.
Así diciendo, así haciendo. La muchachita llenó un canasto con granos de maíz y arroz, se lo colgó del brazo, y comenzó a subir la montaña sin pensar en el peligro que corría, por lo escarpada, resbalosa y rocosa que era. “Sólo debes subir la montaña si tienes una necesidad muy grande”, le había dicho su mamá. ¿Y qué necesidad mayor que la del pajarito amarillo? Eso sí, se aseguró de ir con mucho cuidado, como recomendó su mamá.
Cuando ya llevaba un trecho bregando con la pendiente y las rocas, sudorosa y medio metida en miedo, la muchachita pensó:
—¿Y qué hago aquí con este canasto de granos a cuesta, exponiéndome a rodar hacia abajo y darme un matazo? ¿Por qué no me llevé de lo que me dijo mi mamá? ¿Quién me manda a mí a ponerme a salvar pajaritos?
Mas tan pronto pensó en las penurias del pajarito amarillo, de su esposa y de sus cinco pichoncitos, se enterneció y decidió seguir adelante, escalando la montaña, para llevarles la comida que tanto necesitaban.
Cuando ya iba a mitad de la montaña, cansada y sedienta, después de haber dado cerca de veinte mil resbalones y cincuenta mil tropezones, se sentó sobre una piedra y colocó el canasto en el suelo. Entonces se dijo:
—¡Caramba, casi no puedo dar un paso más! Mi casa se ve allá abajo como si fuera un pegotico de madera. No oí las recomendaciones de mi mamá, y cada vez se hace más y más agotador seguir adelante —y mirando el canasto pensó—. Este canasto pesa demasiado. Mejor vaciar la mitad, y así voy más ligera. ¡Estos pajaritos no necesitan tanta comida!
Mas tan pronto dejó de pensar en ella y razonó sobre las penurias del pajarito amarillo, su esposa y sus cinco pichoncitos, cargó el canasto, se levantó y dijo:
—¡Si llegué hasta aquí, puedo llegar hasta allá! —y siguió su ascenso por la montaña.
Cuando ya le faltaba sólo un trecho para llegar al tope de la montaña, se tiró al suelo, abatida de cansancio, sin poder dar un paso más, y se dijo:
—¡Ay, Dios mío, qué cansada estoy! ¡Cualquiera deja este canasto de granos aquí, y que el pajarito amarillo y su esposa vengan a buscarlo y lo lleven al nido!
Mas tan pronto pensó en las penurias del pajarito amarillo, su esposa y los cinco pichoncitos, se dijo:
—Ya me falta muy poco para llegar al tope de la montaña, donde está el nido del pajarito amarillo. Un esfuercito más, y llegaré enseguida.
Entonces respiró hondo para tomar impulso, cargó el canasto de granos, se levantó y siguió subiendo la montaña.
Cuando llegó al tope de la montaña, llamó y llamó al pajarito amarillo:
—¡Pajarito, pajarito, ven y enséñame dónde está tu nido, que aquí les traigo, a ti y a tu familia, el canasto con granos que te prometí, para que no pasen más hambre y tengan comida por muchos días!
Mas el pajarito amarillo no se presentaba.
La muchachita comenzó a preocuparse pensando que, a lo mejor, el pajarito amarillo no había podido volver donde su familia. En eso estaba, cuando, de entre los árboles, salió un anciano que se apoyaba en una rama larga y gruesa, a modo de bastón.
—¿Quién eres tú? —le preguntó la muchachita—. ¿Por casualidad has visto a un pajarito amarillo que tiene un nido por aquí cerca? A pesar de las recomendaciones que me hizo mi mamá, he subido la montaña para traerle este canasto con granos para que él y su familia coman y dejen de pasar hambre.
—Dame ese canasto, y no te preocupes —le dijo el anciano—. Yo soy Papá Dios, y vengo a premiarte porque has demostrado mucha bondad al subir esta montaña peligrosa sólo para ayudar a un pobre pajarito y a su familia. Tu mamá seguramente se sentirá orgullosa de ti por lo que has hecho. Como premio te voy a conceder un deseo.
La muchachita se sorprendió mucho por tener a Papá Dios por delante, y más porque Él le ofrecía un premio. Pensó y pensó lo que ella más deseaba y no encontraba qué. Finalmente, se acordó del ofrecimiento que el pajarito amarillo le había hecho y dijo:
—Prémiame con un par de alas que me hagan volar por todas partes, como el pajarito amarillo.
Tan pronto lo dijo, sintió un aleteo que le cosquilleaba las espaldas, y notó que le habían crecido dos alitas doradas con círculos esmeraldas.
Batió las alitas, se remontó por el aire y voló de aquí para allá y de allá para acá. Deseó enseguida enseñarle sus alas a su papá y a su mamá y a sus seis hermanitos, y voló hacia abajo, directo a su casa, y se posó en el techo, muerta de risa, pensando en la cara de sorpresa que iban a poner todos cuando la vieran con sus alitas doradas con círculos esmeraldas.
Desde el techo vio que sus hermanitos regresaban de diferentes direcciones. Esperó a que todos se juntaran en el patio, se posó frente a ellos y los llamó, uno por uno.
—¡Hermanita! ¿Dónde has estado? —le preguntaron todos a la vez—. Te andábamos buscando por todas partes y no te encontrábamos. ¡Seguro que te has escondido para salirnos al encuentro!
Ella les dijo:
—Subí a la montaña para llevarle un canasto de granos a un pajarito amarillo que me dijo que vivía allá arriba con su esposa y cinco pichoncitos que se morían de hambre porque hacía tres días que no comían. Cuando llegué allá arriba, me encontré con Papá Dios, que me premió por mis buenas intenciones y me concedió un deseo. ¿Adivinen qué le pedí?
Los hermanitos pensaron que ella retozaba con ellos, y sonrieron y aplaudieron, pues sabían que como ella era una muchachita buena e inteligente, por nada del mundo subiría esa montaña alta y peligrosa sin un motivo que lo justificara. Así que le respondieron también con inventos.
—¡Le pediste un patio con árboles de limoncillos, guanábanas y guayabas, que se dieran tan grandes y sabrosos que no hubiera necesidad de buscar más comida!
—¡Le pediste una muñeca que habla y camina, como si fuera una muchachita de verdad!
—¡Le pediste un jabón de olor que lava, sin uno tener que bañarse!
Cuando ella se dio cuenta que sus hermanitos no le creían y que jugaban con ella, les dijo:
—No, no, miren. Le pedí dos alitas para poder volar. Miren qué lindas son, doraditas, con círculos esmeraldas —y se volteó para que ellos vieran sus alitas.
Mas ellos no vieron nada, pues las alitas sólo las podía ver ella. Así que siguieron el juego con ella y le decían:
—¿Alitas? ¡Qué risa! ¡Lo que tienes en las espaldas es un manto de oro de una reina taína!
—¿Alitas? ¡No ombe! Lo que tienes ahí es una capita cubierta con brillantes de la India!
Ella les gritó:
—¡No, son mis alitas! ¡Mírenme volar! —y dio vueltas sobre ellos.
Mas ellos no la veían volar, y seguían el juego con ella y le decían:
—Eso no es volar, sino dar brinquitos como los conejos.
—Eso no es volar, sino dar carreras como las gallinas.
Y se reían y se daban golpes en los pechos y se apretaban las barrigas, de lo mucho que las ocurrencias de su hermanita les hacían gozar.
La muchachita se entristeció porque no le creían, voló a su habitación, se encerró, y pensó:
—¡Caramba! Papá Dios me ha concedido un premio que, en vez de darme alegría, me causa mortificación, pues mis hemanitos no quieren creer que tengo dos alitas y que vuelo. Voy a hablar con papá y mamá.
Mas cuando les habló a su papá y a su mamá de su viaje a la cima de la montaña y del premio que le había dado Papá Dios, su papá y su mamá se pusieron muy serios, la miraron a los ojos y le dijeron:
—Subiste a la montaña en contra de los consejos que te dimos y ahora vienes con el cuento de que Papá Dios te salió y te puso alas. Te hemos criado muy ñoña y consentida, mas nunca te permitiremos que nos digas mentiras.
—No te desobedecí, mamá. Me dijiste que podía subir la montaña si había una necesidad muy grande, y fui porque el pajarito amarillo me pidió ayuda para alimentar a su familia, que se moría de hambre
Mas su papá y su mamá no creyeron que un pajarito amarillo se le había aparecido, y la muchachita se fue a su habitación aún más triste por haber perdido la confianza y el cariño de los suyos. Allí comenzó a llorar, pues su papá y su mamá y sus hermanitos no creían lo que ella les decía y la habían llamado mentirosa.
Según lloraba más y más desconsoladamente, oyó trinar al pajarito amarillo y lo vio posado de nuevo en la ventana abierta.
—¿Qué te pasa, muchachita? Le preguntó el pajarito amarillo.
—¡Ay, tú no sabes! —dijo la muchachita–. Papá Dios me premió con unas alitas por haberte llevado el canasto de granos a tu nido en la montaña, mas mi familia no lo cree y piensa que digo mentiras. ¿Qué puedo hacer para ganarme de nuevo el cariño y la comprensión de ellos?
—Ven conmigo —le dijo el pajarito amarillo—. Vamos a buscar a Papá Dios para que te ayude a resolver esta situación.
Volaron sobre la montaña, pasaron sobre un valle y un río, y cuando iban sobre unos campos sembrados, la muchachita vio una oveja con tres ovejitos recién nacidos que balaba y balaba.
—¡Béee! —gritaba la oveja—. ¡Ayúdame a llegar al batey! Tengo que cruzar este charco con mis hijitos recién nacidos, mas el charco es demasiado hondo y tengo miedo a que se ahoguen. ¡Béee, ayúdame, que si tengo que pasar la noche fuera del batey mis hijitos se morirían de frío!
La muchachita se enterneció al oír a la oveja y, sin averiguar más, bajó donde estaban los cuatro animalitos y dijo:
—No se apure, doña oveja, que voy a cruzar a sus tres ovejitos sobre el charco, para que usted los lleve al batey.
Así diciendo y así haciendo. La muchachita voló tres veces sobre el charco, y cada vez cargaba a un ovejito.
La oveja cruzó también, y en el otro lado del charco le dijo:
—Tú eres muy buena —y así diciendo se convirtió en Papá Dios—. Te has ganado de nuevo un premio. Dime qué deseas y lo haré realidad. La otra vez pediste lo que otro te había hecho desear. Esta vez pide lo que realmente te interesa a ti.
La muchachita pensó y pensó, hasta que sonrió y dijo:
—¡Que no me falte nunca la confianza y el cariño de mi papá y mi mamá y mis seis hermanitos! ¡Que llegue a ser una mujer preparada que pueda resolver todo lo que se me enfrente en la vida!
Mas Papá Dios le dijo:
—La confianza y el cariño de los tuyos ya los tienes, y la fuerza de voluntad para enfrentar la vida, también. Te voy a dar entendimiento para que te des cuenta siempre de lo bueno que tienes y de lo superfluo que debes desechar.
Cuando la muchachita volvió a su casa, su papá y su mamá y sus seis hermanitos la esperaban ansiosos.
—¡Hijita mía querida, que susto que nos hemos llevado! —le dijeron su papá y su mamá —¡No te encontrábamos por ninguna parte y te creíamos perdida!
—¡Hermanita, hermanita, no vuelvas a dejarnos! —le decían sus hermanitos.
Ella los abrazó feliz, apreciando en todo su valor la preocupación y el amor de ellos. Se dio cuenta que Papá Dios le había concedido lo más hermoso que tiene la vida: poder distinguir y saber escoger.


1981

08 Cuentos espiritistas: UN ROMO SANCOCHAO


UN ROMO SANCOCHAO

Por Manuel Salvador Gautier

A Erwin Cott

La vida está llena de misterios, como dice el locutor de la radio con su voz melódica y profunda, acompañado por los solemnes compases del “Largo” de Mendelssohn.
Pude comprobarlo de la manera más increíble.
En la clínica, tengo varios pacientes —mansos y cimarrones, blancos y negros—, pero llega un momento en que los veo a todos iguales. Me cansan; me canso. Por eso, inventé pasar los domingos en reposo, tomando ron en un campito que compré a veinte minutos de la Capital donde hay muchos árboles y pasa un río. Ahí me sentaba en medio del agua y dejaba transcurrir la vida. Xilia, mi mujer, se ocupaba de proveerme de tragos y de preparar el sancocho en la casita que está a cierta distancia de la poza. Ella sabía. No había niños ni emergencias ni nada. Sólo yo, los tragos, el agua, el sancocho y Xilia. Ordenado de esa manera, era el paraíso.
El misterio empezó el día en que se me ocurrió invitar a Tito. Tú lo conoces, el hombre más serio del mundo. Es mi hermano de padre y madre, nos criamos juntos, dormimos por años en la misma habitación, y todo lo que quieras, pero, ¡compadre!, asfixia a la gente con su sensibilidad. Desde pequeño fue así. Por supuesto, a él fue que le salió el abuelito Payeyo la madrugada en que murió; y a él fue que tía Aminta llamó, una noche oscura, para que invocara a las doce en punto el espíritu de tío Miguelito, su marido. Bueno. Esas son historias pasadas. Mélida, la mujer de Tito, se juntó con Xilia y comentó que su marido vivía angustiado, no dormía bien, en fin. Xilia me lo contó a mí, y la próxima vez que vi a mi hermano lo abracé, me aseguré rápidamente de que no tenía ninguna enfermedad visible, noté su "amargue" y lo invité.
—Tito, mira, la mejor manera de joder las preocupaciones es metiéndote un "romo sancochao". El domingo te espero en el campito. No dejes de ir.
Fue una combinación. Xilia llamó a Mélida para asegurarse de que Tito fuera, y Mélida se ocupó de llevarlo.
Nos metimos en la poza. Xilia nos puso unos tragos en la mano, y santo remedio. Al tercero Tito estaba cantando una canción de cuando enamoró a Mélida. Al quinto comenzó a dar brincos río arriba y abajo. Al fin salió a relucir su problema. No era tan serio. Tenía una deuda con un banco y le correspondía hacer un pago, pero no le alcanzaba el dinero y se vería obligado a hipotecar la casa. La solución era cobrar lo que le debían a él, pero no lograba que le pagaran.
—Tito, habérmelo dicho antes. Tengo un paciente que te va a resolver eso.
Efectivamente, hablé con mi paciente, uno de los gerentes del banco, y el asunto se resolvió a conveniencia de todos.
El domingo siguiente Tito se presentó en el campito a darme las gracias. Fuimos a la poza y nos pusimos a hablar. Ya llevábamos varios tragos cuando surgió el tema de los espíritus.
—Tato, ¿qué pensaste la noche que mamá me sacó de la cama para llevarme donde tía Aminta?
En realidad no pensé nada. Después que mamá me mandó a dormir, hice exactamente lo que me pidió; pero Tito no quería oír eso. Para él, aquello había sido una experiencia traumática.
—Me desvelé. ¿No te conté? —dije. Y entramos en los misterios de la transmutación de los muertos, los zombies y demás condiciones de los muertos-vivos, que son fenómenos imposibles de comprobar, pero que, querámoslo o no, nos persiguen en el subconsciente. Finalmente, enfoqué el tema de la parapsicología, que me fascinaba, y terminé, no sé cómo, con el cuento de la ciguapa. Bueno. El ron le hace a uno eso y más.
Mientras yo pontificaba sentado sobre una piedra cubierta con jeroglíficos indígenas, mi hermano, sumergido en el agua con su trago en la mano, se desentendía del tiempo, del espacio y de todo lo que yo decía. No notamos que había un hombre espiándonos entre los árboles con una borrachera más grande que la de Tito y mía juntos. Tan pronto mencioné la ciguapa, el hombre soltó un grito y salió de entre los árboles. Me volteé y lo miré fijamente sin demostrar sorpresa. El hombre palideció y se arrodilló. Yo alcé mi vaso; me sentía un sacerdote del misterio.
—Te bendigo por toda la eternidad —dije asumiendo el gesto del Bautista, y le eché un chorro de ron por la cabeza que el hombre trató de aparar en la boca. Son de esas cosas que pasan, difíciles de explicar después.
El hombre se fue de bruces, cayó dentro del agua cuan largo era, y siguió flotando en la corriente, río abajo, como si fuera una hoja de yagrumo, con la camisa desabotonada esparcida a su derredor. Noté que una piedra lo desvió hacia una playa del río donde varó. Se quedó ahí, tranquilo, boca arriba, con el agua lamiéndole los pantalones de fuerteazul y las alpargatas de cabuya, hasta que una de éstas se le zafó. Luego no lo vi más.
Tito me asegura que no se dio cuenta de nada y, para mí, que todo había sido una alucinación provocada por nuestra conversación. Xilia y Mélida nos llamaron para ir a comer el sancocho, y a mí hasta se me olvidó el asunto.
El domingo siguiente estaba sentado en la misma piedra con mi trago en la mano, apenas comenzado, cuando se presentó el hombre. Recordé, de golpe, su aparición anterior. Esta vez no estaba borracho, pero se arrodilló igual que antes. Tras de él, entre hombres y mujeres, había alrededor de ocho personas.
—Doctor —dijo (me conocía)—, aquí le traigo a mi mujer, a mis hijos y a sus mujeres, para que los bendiga como hizo conmigo y les cuente lo que contó.
Hablaba como inspirado. Me hizo gracia y decidí divertirme.
—Hay una condición —dije (todos se arrodillaron para oírme)—. Cada uno tiene que traerme un pote de ron y bebérselo de un sólo tiro delante de mí.
A ninguno le pareció una encomienda extraña. Es más, los hombres tenían sus chatas que sacaron de sus bolsillos como por encanto agitándolas frente a mí. Tomaron, tomamos. Hice una invocación a no sé cuál manifestación de lo desconocido. Mi auditorio estaba atento, esperando ¿qué?... ¿un sermón?, ¿un milagro?.
Comencé a sentir lo absurdo de la situación. Para entretenerme, aprovechaba cínicamente la ignorancia de unos infelices atrapados en su superstición. Pero ya no podía echarme para atrás. Deseé que Xilia llegara para romper el encantamiento y despedirlos. Esto no ocurrió.
Tomé una decisión; cerré los ojos.
—La rubia —dije como en éxtasis—, que salga.
Claro, no había rubias. Eran todos una partida de mulatos iguales a mí, algunos más prietos, otros más blancos. Quería confundirlos para deshacer el trance. Pero el hombre no se amilanó y empujó a una mujer hacia el frente. Era la más clara de todas y la más joven. Me desconcerté. Sin proponérmelo extendí las manos y la toqué. Tan pronto lo hice, la mujer se transfiguró. Tembló de pies a cabeza, hasta que, poseída por el espíritu, se tiró al suelo y comenzó a moverse lujuriosamente.
Para mí, fue un acto terrible que me enfrentaba con una iniquidad de la que siempre quise escapar desde los tiempos de abuelito Payeyo y de tía Aminta, cuando me negué a ser un crédulo más. Para los otros fue una ceremonia reveladora, y así la cantaron, con salves cuyas letras improvisaban.
Xilia llegó en el momento en que la mujer se había repuesto y me contemplaba con adoración. A Xilia la rodearon, la hicieron cantar, y ella, confiada, disfrutó como una adolescente. Al final, hablé con el hombre a solas y creí que lo había convencido para que ni él ni ninguno de sus familiares volviera más.
Esfuerzo inútil.
Cuando llegué al campito el domingo siguiente, me sorprendió encontrar varios autobuses desvencijados, en fila, a lo largo de la carretera. El hombre había organizado la llegada de unas cuatrocientas personas que me esperaban cerca de la piedra cubierta de jeroglíficos. Vino respetuosamente donde mí. Me dijo que todos deseaban que yo los bautizara y les explicara el misterio de la "pirilogía", cuyo significado no entendí inmediatamente hasta que lo deduje. Quería que les hablara sobre la parapsicología lo que, por fuerza, culminaba en el cuento de la ciguapa si seguía la línea de pensamiento de aquella borrachera.
Esta vez tomé una decisión seria. Me subí a la piedra con los jeroglíficos y les hablé a todos mesuradamente, revelándole lo que consideraba la verdad de aquel asunto. Finalmente, los despaché, aunque vi que muchos sacaron sus potes de ron y tomaron a pico, luego se sumergieron en el agua y se mojaron la cabeza como bautizándose ellos mismos. Era un nuevo rito que inventaban y una nueva religión que creaban, con la "pirilogía" como base y la ciguapa como centro. Resultaba demasiado triste esto, demasiado patético. Xilia y yo discutimos el asunto y decidimos convertir la casa de madera del campito en un consultorio, donde atendemos a la gente de los alrededores en las primeras horas del domingo. El hombre es el que está a cargo ganando sus chelitos, como parece que fue su intención cuando se inventó la "pirilogía". De ésta no se habla en mi presencia, aunque sé que a mis espaldas el hombre da algunas explicaciones que dejan sobrecogidos a nuestros pacientes. Por ejemplo, sobre las ciguapas dice que son hombres-mujeres con poderes mentales probados por la ciencia, explica que cualquiera que aprenda a dominar estos poderes puede convertirse en una y concluye que yo soy una ciguapa. Añade que el campito es el lugar preferido de estas criaturas inigualables, el único lugar que sobrevivirá en el fin del mundo, y que ese acontecimiento sólo ocurrirá cuando todas las ciguapas lo requieran con sus poderes mentales. Si lo regaño por disparatar de esa manera, el hombre dice que hay que conocer la mentalidad de nuestra gente, que cree en todo.
A veces no sé qué pensar. El otro día decidí despedir al hombre para no verlo más. Cuando se lo dije a Xilia, ella me preguntó si no me había fijado que tenía los pies al revés y rió.
En definitiva, por huirle a mis pacientes de la ciudad, ahora tengo cientos más en el campo, con la seguridad de que vendrán otros. La culpa fue del "romo sancochao".
Mi hermano Tito, siempre el serio y sensitivo, ahora burlándose un poco, dice que ese percance en el río se lo debo al espíritu de abuelito Payeyo que me guió hacia el bien, para que no siguiera en mi perdición "romística" que sólo me llevaba a las dolorosas delicias del delirium tremens. Puede ser. Yo, de abuelito, lo único que recuerdo, así, personalmente, son los halones de oreja que me daba. Pero, lo reconozco, la vida está llena de misterios como dice el pensamiento retórico que el locutor de la radio lee con su voz melódica y profunda, acompañado por los compases solemnes del Largo de Mendelssohn.


1998

07 Cuentos espiritistas: EL VELO


EL VELO

Por Manuel Salvador Gautier

A mi compañera de viaje

En estos días, una de mis más grandes alegrías es tener a Concepción conmigo, aquí, en la Capital. Siempre hemos sido tan unidas, desde pequeñitas. A Virgilio, su marido, lo nombraron en el Banco Central para manejar el proyecto del desarrollo turístico en Puerto Plata, y se mudaron para acá. Cuando Concepción y yo nos juntamos somos un par de locas, sin condiciones ni responsabilidades. A veces, sólo de vernos reímos. Es una felicidad tener una amiga con quien se puede compartir todo. Concepción sigue igual, incluida su inclinación por lo sobrenatural, yo diría que ahora peor que nunca. Si antes fue una afición, ahora es una obsesión. No hay vidente o bruja que aparezca por ahí que no quiera visitar para que le vea el futuro. Me imagino que se lo debe saber de memoria. Lo peor es que ya tiene fama. Antes ella averiguaba quién estaba en eso; ahora la llaman para decírselo. Es tanto así que sólo con un mes aquí le informaron que en el barrio de La Surza había una bruja llamada Soledad que era lo más grande que se había dado en el país como vidente y adivinadora, y de eso no había dudas: Lo primero que la mujer hacía era un ejercicio de levitación mental que asombraba al menos crédulo. Era demasiada tentación.
Concepción se confió conmigo.
—Virgilio me prohibió estar en eso, Mélida, pero yo no me aguanto. Si no fuera por el sitio, hace rato que hubiera ido —me apretó por el brazo con sus morisquetas de muchachita grande—. Mélida, sé buena. Ven conmigo. Si tú me acompañas, Virgilio no me dice nada.
Tanto dio que al fin acepté ir, aunque para mí el asunto es tan embarazoso como para ella. Si Tito, mi marido, lo sabía, me mataba; pero sentí curiosidad; nunca había estado con una vidente que tuviera esas condiciones tan extraordinarias. Al mismo tiempo, decidí constatar las cosas y proteger a Concepción. Tú sabes.
Fuimos una tarde como a las cuatro.
La Surza es un barrio que queda por una barranca frente a donde está la Fábrica de Cemento y, realmente, da pena. Hay una cañada que va a desembocar al río Isabela por donde pasan a ras de tierra todas las aguas negras del norte de la ciudad y los residuos de no sé cuántas industrias… y entonces ves a los muchachitos metidos en esas aguas, y cuando te acercas las criaturas están llenas de ñáñaras, aparte de estar barrigones. ¡Qué te digo!. Bueno, hay que verlo para creerlo. Comoquiera, no fue a eso que fuimos, pero, después que uno lo ve, ¡hija...!
La muchacha que llamó a Concepción nos esperaba arriba en un colmadito donde los camioneros que van a la Fábrica se la pasan echando piropos a las mujeres y combinando citas con las prostitutas que tienen casas por ahí cerca. Te digo, ¡Concepción me mete en unos líos! Por supuesto que tan pronto entramos ahí todos los hombres se quedaron esperando a ver qué haríamos Concepción y yo. No dudo que hay señoras como nosotras que van por esos lugares a buscar aventuras, porque, te digo, esos hombres se quedaron tranquilos, como dispuestos a ver a cuál de ellos nosotras escogíamos.
La muchacha que nos atendió era joven, agraciada, diría yo. Se nos acercó.
—¿Usted es doña Concepción? —me preguntó
Le dije que no, me identifiqué como la señora de Pacheco (el apellido de Tito) y le aclaré que era sólo una acompañante y que no estaba allí para que me hicieran un “trabajo” (quería que eso quedara claro desde el principio).
Concepción se presentó entonces y empezamos nuestro descenso al infierno.
La muchacha nos dirigió por un sendero en pendiente por donde resbalaban los que lo conocían, imagínate nosotras. Para ir al otro lado de la cañada había que cruzar una especie de puente medio destartalado y sin balaustrada. A mitad estaba un hombre, un borracho, con un jumo padre, que hacía gestos como si estuviera dispuesto a tirarse, hasta que vino un muchachito, lo agarró por la mano y se lo llevó. Bueno, ¡para qué cansarte con eso! El caso es que llegamos a una casita con paredes de bloques y techo de zinc en la parte más inclinada del barranco; daba la impresión que de momento caería allá abajo vuelta un montón de escombros y basura.
Le di un codazo a Concepción.
—Ahí no me meto yo —dije entre dientes.
Concepción no me hizo caso. El equilibrio precario de la casita ni lo notó. Ya estaba sometida a su propia fantasía, en esa dimensión mágica distorsionada que la subyugaba.
Julita, la muchacha, entró. Concepción entró también, y yo la seguí.
Llegamos a una habitación donde hacía tanto calor que se me paró la respiración. En la oscuridad se percibían sólo las hendijas muy luminosas de las ventanas y una especie de esplendor de la luz que se colaba por una hendidura horizontal donde el techo se juntaba con las paredes.
Poco a poco fui viendo mejor. Estábamos en un saloncito adornado con guirnaldas de papel amarillo, rojo y azul. En un lado había un altar lleno de santos donde dominaban una imagen de San Miguel y otra de la Virgen de la Altagracia casi del mismo tamaño, pero más a un lado. Había velas y velones sobre una mesa y tres sillas de madera y guano esperando ocupantes. El piso era de cemento, como muy pisado.
El saloncito daba la sensación de estar vacío, a punto de ser invadido por un tumulto.
Julita hizo un gesto con la mano para que esperáramos y desapareció tras un hueco tapado con una tela negra o morada, no sé bien.
Por el mismo hueco apareció la vidente Soledad, una negra de piel tersa con una vela prendida en la mano. Tenía un pañuelo amarrado a la cabeza y un vestido de algodón gris con cuellito zurcido blanco, aros pequeños de oro en las orejas y anillos de fantasía en los dedos, aunque había uno con una piedra roja que parecía un rubí de verdad. Llevaba guirnaldas de papeles de colores que le daban vueltas sobre el pecho y se lo abultaban, y tras la oreja izquierda balanceaba un lápiz amarillo común y corriente. No nos vio o se hizo que no nos vio. Caminó directamente al altar con pasos lentos, prendió otras velas, se quitó las guirnaldas del cuello y las colocó alrededor de los santos, giró hacia nosotras, alzó las manos e invocó a quien fuera (Concepción asegura que fue a su ánima gemela). Con voz dulce y arrulladora cantó una salve dedicada al mar, acompañada a veces con ruidos labiales que inmediatamente evocaron en nosotras las olas de la Poza del Castillo. Tenían ese mismo ritmo y ese mismo sonido. Te digo que yo, en ese momento, me sentí emocionada. La vidente alzó la mano, se sacó el lápiz de detrás de la oreja (me di cuenta entonces que no era un lápiz sino como un bastoncito), señaló hacia el techo, y de entre el esplendor de la luz que provenía de afuera apareció un objeto flotando en el aire, no muy grande, como un cepillo, que fue a parar a sus manos y que ella, después de rezar entre dientes una oración, colocó en la mesa del altar. Era la prueba, y fue lo que me sacó del ensimismamiento que quería embargarme. No lo creía; me estaban engatusando. En mi papel original de protectora de Concepción, abrí bien los ojos, dispuesta a sopesar bien todo y encontrarle la lógica a lo ilógico. Lo primero que hice fue buscar el hilo con el que habían bajado la especie de cepillo del techo; pero no lo detecté.
La vidente nos hizo señales de que nos acercáramos, y lo hicimos. Tomó a Concepción por una mano y a mí por otra, cerró los ojos y entró como en éxtasis. Guardó silencio por un tiempo, luego habló.
—Siento un gran poder que viene de ti —dijo dirigiéndose a Concepción.
Nos sentamos en las sillas vacías, y de ahí en adelante la experiencia fue increíble. Esa mujer le dijo a Concepción cosas que ella misma ni se acordaba, de cuando era chiquita que vivía con su abuela, Mamá Encarnación, allá en Puerto Plata, en una época en que su familia pasaba por una crujía enorme. Por supuesto, Concepción se puso que no cabía de asombro. Todo resultaba como le habían predicho; tenía por delante a la vidente más grande de todos los tiempos.
La ceremonia terminó; pero antes, la vidente le hizo a Concepción presagios de felicidad y le anunció grandes éxitos para Virgilio en su nuevo trabajo. También le reveló la llegada imprevista al país de Virgilito, el hijo mayor de ella, que estudiaba en los Estados Unidos.
Algunas de esas predicciones eran previsibles, otras no.
Tenía entendido que muchas de estas videntes estudiaban a sus sujetos antes de que se les presentaran, y, para mí, lo de Virgilio y Virgilito eran previsibles. Bueno. La cuestión es que Concepción salió de allí como escandilada. Cuando volvimos por los lados del colmadito a buscar nuestro carro, abrió su cartera y le pasó a Julita un fajo de papeletas en reconocimiento a la gran experiencia por la que acababa de pasar. La muchacha hizo el amago de no recibir el dinero y luego, en un gesto muy suyo, se lo metió entre el refajo.
Concepción no sabía cómo agradecerme. En el viaje a mi casa, hablaba sólo de lo que la vidente le había dicho, de su pasado, de todo lo bueno que le auguraba en su futuro.
—¿Por qué piensas que sea bueno que Virgilito venga sin terminar sus estudios? —le pregunté.
—Pero él no va a dejar sus estudios. Viene a hablar con su papá de un negocio que quiere montar cuando termine, y hay una oportunidad que se ha presentado.
—Entonces, no es un viaje imprevisto como dijo Soledad.
Concepción me aclaró que sí, que lo era, porque hasta ese momento Virgilito no había anunciado que lo haría, sólo que sería conveniente hacerlo.
Dejé la cosa ahí. Con Concepción no se podía y menos en el estado de euforia en que se encontraba.

Pasaron unos días; me sentía intranquila. Una y otra vez me volvía a la mente el cántico del mar y la imitación de las olas que hizo Soledad. Me parecía haberlos oído antes, quizás en otra vida. Hasta ahí llegaba yo.
Al fin lo hablé con Tito. Siempre termino hablando todo con Tito, tú sabes, es mi marido, y yo lo adoro.
Tito me oyó, al principio disgustado, luego comprensivo.
—¿Quieres que te averigüe?
Sí, eso era lo que quería. Le di un besote en la coronilla.
Un tiempo después, Tito me informó.
Habíamos hecho el amor y él, medio adormecido, tenía la cabeza recostada sobre mi pecho. Lo oía respirar acompasadamente y sentía su deseo surgir de nuevo. Me pasó la mano por el muslo.
—Minita —dijo.
Es su manera de requerirme.
Lo apreté más a mí. Me acarició dulcemente; gemí. Entonces, no sé por cuál asociación de ideas, se le ocurrió decírmelo. Comenzó poniendo sus labios en mis oídos, soplándome, y entonces, me cantó el cántico del mar e hizo el ruido con la boca.
—Esa cancioncita te la cantaban en casa de Mamá Encarnación —dijo.
¡Por supuesto! Ahí era que la había oído antes; por eso se me quedó en la cabeza, por eso me trajo recuerdos de Puerto Plata. Empujé a Tito a un lado y le pedí que me diera todos los detalles.
Él rió. Lo había hecho todo expresamente, como parte de su estrategia para hacer explosiva nuestra intimidad. Me prometió decírmelo todo, pero primero...

Soledad era hija de la vieja Porfiria, la lavandera en casa de Mamá Encarnación. Tanto Concepción como yo la debimos conocer siendo pequeñitas, lo que pasa es que el tiempo no perdona y Soledad, mucho mayor que nosotras, no era ni sombra de la muchachita que nosotras vimos en aquella época. No que ahora luciera mal, sólo diferente (me imagino que nosotras lucíamos tan diferentes como ella). Soledad no era vidente, pero conocía al dedillo toda la vida de Concepción mientras vivió con su abuela Encarnación y averiguó después los detalles más públicos, según Concepción creció, casó y vivió con Virgilio. Sobre todo, sabía de las manías de Concepción. La casita en La Surza pertenecía a otra persona, amiga de ella, que tenía un altar milagroso y hacía brujerías. Julita tenía un enredo con un amigo del jardinero de Concepción y era vecina de Soledad. Por ahí comenzó la cosa. Fueron ellos que inventaron la patraña. Todo era una combinación para sacarle dinero a la crédula Concepción.
¿Cómo hacérselo saber? No me iba a creer si se lo decía así, de sopetón; ya yo la conocía. Hice un plan. Le diría a Concepción que Soledad me había impresionado tanto que quería volver y entonces, actuaría.
Concepción mordió el anzuelo enseguida, entre otras cosas, porque estaba loca por ir otra vez para consultar sobre el viaje de Virgilito. Parece que la cosa no estaba resultando tan sencilla como la habían planeado.
Julita nos fue a encontrar al colmado, resbalamos por el camino, cruzamos el puente, llegamos a la casita, y apareció Soledad cantando otro cántico que, esta vez, no tuvo significación para mí. Llevaba un vestido rojo con lunares blancos, apretado al cuerpo a lo española y, debo decir, lucía hermosísima. Debía ser un vestido de esos que hacían para las comparsas de carnaval, del que luego se deshacían regalándolo a cualquiera. La reconocí, es decir, me pareció descubrir en ella rasgos que recordaban a la vieja Porfiria.
Sacó el bastoncito de atrás de la oreja, bajó del techo la especie de cepillo, nos acercamos, y Concepción le puso su problema. Fue una sesión larga, de muchas explicaciones, hasta que al fin mi amiga del alma se sintió satisfecha; entonces me tocó a mí.
—Quisiera tratar con usted un problema —dije a Soledad.
Me miró sorprendida. Evidentemente, no esperaba esta solicitud. Yo había sido categórica antes de que no haría consulta alguna y ella, evidentemente, no se había preparado..
—Dígame —respondió como en duda.
Seguí de acuerdo a mi plan, con un disparate sobre Tito que ya antes había comentado con Concepción.
Soledad me miró, me tomó de la mano, auscultó las rayas de la palma, dijo una serie de cosas, por cierto, muy interesantes, pero que no tenían nada que ver con Tito.
Le dije entonces que no me sentía satisfecha, que a mí ella no me había dicho intimidades como las que le dijo a Concepción sobre su vida en Puerto Plata.
Trató de explicar.
—Lo que pasa es que hay gente más sensitiva que otras. Con doña Concepción tengo como una afinidad y puedo decirle cosas, pero con usted hay como un velo.
Yo me reí.
Concepción me dio un pellizco.
—¿Quién eres tú? —me preguntó Soledad al fin, sospechando algo.
—Yo soy Mélida. Concepción y yo seguimos muy amigas.
Soledad palideció. Entonces rematé.
—¿Cómo está Porfiria? ¿Está viva?


Marzo de 1991

06 Cuentos espiritistas: EL ACCIDENTE




EL ACCIDENTE

Por Manuel Salvador Gautier

A Sua Eccellenza, la Signora Ambasciatore Campagna


Tú sabes cómo ha sido todo siempre entre nosotras. Desde chiquita, mi prima Concepción y yo nos tratamos como hermanas. Donde quiera que ella iba, yo iba, y viceversa. Creo que me “agenté” un poco antes de la cuenta por eso. Concepción me lleva dos o tres años, y hay una edad, entre los doce y los quince, en que esa diferencia se siente. Aún así, después de grandes, seguimos juntas; y fui la primera que supo cuando ella se metió en amores con Virgilio, y todo lo que hacían para encontrarse, aunque en esa época buscaban sólo lugares inocentes. ¡Figúrate!. El lugar más escandaloso que encontraron era la playa de Long Beach, porque, según las viejas doñas, los hombres en traje de baño se ponían a hacer gestos indecentes (aunque traté, nunca vi nada especial). Puerto Plata era un pueblo donde todo el mundo se conocía; hasta las venduleras y los paleteros eran gente de la familia que se habían criado con fulana o perenseja. Ahora bien, había una cosa con Concepción que nunca compartí con ella. Esa muchacha era entonces, y sigue siendo ahora, la más creyente en asuntos de brujerías. Nada más había que decirle de una mujer que leía las barajas y para allá cogía. Era como una sed nunca satisfecha. Aveces yo la relajaba diciéndole que sentía un espíritu que se me montaba y hablaba en mil lenguas, y le hacía la representación retorciéndome con los gestos que yo suponía debieron haber hecho los endemoniados parlanchines que aparecen en la Biblia; en mi caso, decía una sarta de disparates, mezclando palabritas de francés con italiano con inventos del momento. Concepción me oía y se quedaba siempre impresionada por mi experiencia trascendental. No importaba que después le asegurara que todo era un cuento para demostrarle que cualquiera podía engañarla con todas esas tonterías, ella quedaba en ascuas.
Creo que una de las cualidades que a mí me gustó cuando traté a Tito, mi esposo, fue que no creía en esas cosas. Con Concepción metida en eso, yo tenía más que suficiente. Eventualmente, Concepción se casó con Virgilio y yo, mucho después, con Tito; y nos separamos. Ella se quedó en Puerto Plata y yo me mudé a la Capital; pero siempre nos escribíamos, sabíamos los pormenores de nuestras vidas y, aunque pasaran meses entre cada reunión, nos juntábamos por unos días. No fue sencillo lograrlo, sobre todo durante esos años de la segunda guerra mundial en que viajar de un pueblo a otro era sumamente difícil por la escasez de combustible y gomas.
Me parece que fue en el año cuarenta y cuatro que nos reunimos en Santiago, en casa de tía Mercedes. Tito tenía un trabajo por Salcedo y yo lo acompañé a sabiendas de que lo vería poco, pero entusiasmada porque había combinado un encuentro con Concepción. Fue realmente divino. Concepción y yo volvimos a pasarla como cuando éramos solteras, con ese humor tonto de vírgenes inocentes a punto de dejar de serlo, en que todo causa gracia y de todo una se ríe. Fueron tres días de gozo continuo. Durante las mañanas nos íbamos a la calle de El Sol a ver tiendas y a echarle el ojo a los hombres, esos cibaeños, hija, que una no se cansa de mirar. Concepción y yo habíamos decidido entre nosotras que no ofendíamos a nuestros maridos discutiendo cuál de los hombres que veíamos era el más buenmozo, o cuál el más feo pero con compensaciones; era así de tontas que estábamos. Por la tarde, siempre había una visita en casa de alguno de los primos. Hubo paseos encantadores en coche a Garabito y a Licey, y una vez nos fuimos por La Herradura a la finca de un tío abuelo de Virgilio que le tenía un potro de paso fino (fue de las diligencias que Concepción tuvo que hacer para cumplir con Virgilio). Por la noche, jugábamos bingo con tía Mercedes y la familia. En esos bingos, no recuerdo haber ganado una sola mano, pero sí gozaba un mundo con las ocurrencias de Concepción, que hasta escandalizaban a tía Mercedes (quizás la menos encerrada de las hermanas de mamá). Eran ratos agradables, sencillos, tan cerca de la niñez.
En eso Concepción decidió que debía volver a Puerto Plata pues ya había pasado el tiempo que acordó con Virgilio para estar conmigo. Le pedí que se quedara hasta que Tito volviera de Salcedo el sábado siguiente; pero ella había tomado su decisión y comenzó a buscar transporte. Sin embargo, todos los vehículos estaban llenos para ese día; en esos tiempos no había la cantidad de movimiento que hay ahora en las carreteras. Para mí fue la mejor noticia; todo seguiría igual.
—¿Tú ves? —le dije yo.
—Eso es el destino que nos mantiene juntas por unos días más.
Esa noche, antes de que comenzara el bingo, Concepción me dijo que sería el último, pues le habían avisado de un puesto en una guagüita que saldría temprano al día siguiente. Alguien canceló, y a ella le tocó en suerte. Sentí una gran desilusión. Tenía tantos deseos de prolongar este interludio de inocencia. Durante el bingo, estuve distraída; creo que hasta dejaba pasar los números.
Tía Mercedes lo notó.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
Se me ocurrió entonces que invocaría el espíritu de las mil lenguas y, con ese cuento, haría que Concepción se quedara; sería muy fácil conseguirlo.
—Nada, tía. Me siento sólo un poco vana.
El juego siguió. De repente me puse tiesa. Todos se alarmaron, pero Concepción sabía.
—Es el espíritu de las mil lenguas. A ella le da —dijo, ante el asombro de los otros.
—Concepción —dije, supuestamente en trance, y largué un lenguaraje poco ininteligible, con la voz profunda que usaba para representar al espíritu de las mil lenguas.
Concepción, vuelta un manojo de nervios, solicitó al espíritu que explicara lo que quería decir.
Yo condescendí, interesada.
—Veo un accidente —dije en mi tono de voz, pero aún en trance.
Concepción palideció.
—La guagüita que vas a tomar mañana tendrá un accidente en el kilómetro veinticinco. Se le van a ir las ruedas de alante. No le va a pasar nada a nadie. Sólo a ti, si vas. Lo veo. Se te partirá el brazo, se te romperán los dientes, y te harás una herida profunda en la frente que no se te quitará nunca.
Describía una escena impresionante que asustó hasta a tía Mercedes. El bingo se detuvo. Todos estaban alrededor mío tratando de sonsacarme el futuro que pronosticaba el espíritu de las mil lenguas.
—¿Qué más? —preguntó Concepción.
—Eso es todo.
Fingí que salía del trance y pregunté qué ocurría, que por qué todos estaban alrededor mío. Me explicaron.
—¿Este no es de los juegos tuyos? —quiso asegurarse Concepción.
Con mi cara más seria le dije que no, que el espíritu de las mil lenguas me había poseído, y que la prueba era que no sabía lo que había dicho.
Concepción no durmió bien esa noche. Para mi gran satisfacción, canceló el viaje en la guagüita. Me lo dijo en el desayuno, y planeamos ir tarde en la mañana al Gurabito Country Club para juntarnos con algunas de las primas y sus amigas. En eso, vinieron a avisarle que le habían conseguido otro puesto en un carrito de línea que salía a medio día, y se fue. Mi truco del espíritu de las mil lenguas no valió de nada.
Poco tiempo después recibí una carta larguísima de Concepción agradeciéndome en el alma lo que había hecho por ella. Resultó que la guagüita que debió tomar tuvo el accidente en el mismo sitio que señalé. Se le fueron las ruedas de alante y, gracias a Dios, no le ocurrió nada a nadie. Claro, que si ella hubiera estado, se hubiese roto el brazo, los dientes y la frente. Ella vio el vehículo accidentado cuando, más tarde, pasó por ahí en el carrito de línea. Fue exactamente como el espíritu de las mil lenguas lo había predicho. Yo la había salvado de un terrible daño.
He visto a Concepción muchas veces después de eso, y por más que le digo que lo del espíritu de las mil lenguas ha sido siempre una invención mía, que aproveché esa noche en Santiago e hice todo un montaje para obligarla a quedarse conmigo unos días más, aún sintiendo mi vehemencia, ella no lo cree. Hay un hecho. El accidente ocurrió tal y como lo predije. La última vez que hablamos de eso, me dijo que a lo mejor es como yo digo y acepta que lo fingí todo; pero que, todavía tratándose de un hecho fingido, el espíritu de las mil lenguas me poseyó de verdad y puso en mi boca las palabras que le advertirían a ella del accidente. No quise discutirle. Ahora bien, después de pensarlo con cuidado, el asunto es tan absurdo que, a veces, me pregunto si Concepción no me estará engañando... que ella no vio ningún accidente de la guagüita camino a Puerto Plata y se lo inventó todo para embromarme a mí, a su vez. Tú sabes, la gente que cree en brujerías es capaz de cualquier cosa con tal de convencer a los otros de lo que ellos creen.



Marzo 1991

05 Cuentos espiritistas: EL MENSAJE


EL MENSAJE
Por Manuel Salvador Gautier

Publicado en el libro
El Interiorismo
Doctrina estética y creación literaria

Ateneo Insular, Moca
República Dominicana, 2001
P. 264


A tía Oliva Alfonseca de Gautier

La historia la conocía toda la familia: Cuando abuelito Payeyo murió, su espíritu fue a despedirse de mí. Sucedió mientras yo dormía tranquilamente en la habitación que compartía con mi hermano Tato en nuestra casa, entonces me desperté, sentí un ruido, me levanté de la cama y fui a prender la luz. Antes de tocar el interruptor, una mano me agarró y una voz me habló sin que yo entendiera lo que decía. Pegué un grito aterrador, se despertaron los que dormían, vinieron a averiguar lo que me pasaba, y les conté.
De acuerdo a cálculos realizados posteriormente, la mano que me tocó lo hizo en el momento preciso en que abuelito Payeyo expiraba. Habían sido días agotadores para todo el mundo. Abuelito estuvo muy enfermo por largo tiempo, y los miembros de la familia iban y venían, pasándose horas en su habitación, en una semioscuridad que no permitía conversación. Abuelito estaba en una cama de hierro pintada de blanco, como una isla en medio de la habitación octagonal de su casa. Era un hombre tan querido por todo el mundo, que, cuando ya se sabía que le restaba poco tiempo de vida, el tráfico de la calle fue desviado para que el ruido de los vehículos y animales pasando no le molestara.

En esos días de pena me juntaba con mis hermanos Tato y Luisita y con mis primos Leoncio, Agueda y María Cristina, y me sentaba con ellos en el patio, debajo de un guanábano, donde abuelito Payeyo había colocado unos bancos de madera para estar a la sombra y tomar el fresco. Allá conversábamos un poco, abandonados de todos, contagiados por la tristeza de los mayores. Éramos más o menos de una misma edad, entre los seis y ocho años, aunque Leoncio, el mayor de todos, debía tener ya once, y María Cristina, la más pequeña, sólo cuatro.
El primo Leoncio era quien mejor conocía las interioridades de lo que pasaba.
-¿Tú sabes qué tiene abuelito? —me preguntó en uno de esos intercambios.
Le dije que no.
—Cáncer —informó, de sopetón—, todos nosotros moriremos de cáncer también —añadió, mirándome con sus ojos que parecían brasas.
Tragué en seco; no sabía lo que era eso, pero me imaginé lo peor, aceptando que mi agonía sería lenta y dolorosa como la de abuelito.
El asunto era demasiado importante para desecharlo sin comentarios, así que lo hablamos entre todos.
Mi hermana Luisita dijo que una de sus amiguitas tenía una tía que había muerto de cáncer, y mi prima Agueda contó la película de una muchachita a quien no quisieron decirle que su mamá sufría de esa enfermedad por lo terrible que era, y ella creía que su mamá estaba loca.
Fueron días de horror. La única que se mantuvo tranquila fue la pequeña María Cristina. Cuando nos oía hablar, ella se reía y nos enseñaba una guitarrita de juguete que le pusieron los Reyes Magos en la casa de abuelito.

En el entierro, hubo de todo: mujeres histéricas que gritaban como si las estuvieran matando; hombres sobrecogidos que andaban con el sombrero en la mano y una cinta negra amarrada en la manga del brazo izquierdo, por respeto al muerto; y nosotros, los muchachitos, agarrados de las manos de sus papás y de sus mamás, o de quien fuera que nos brindara su protección ante tanto dolor.
Recuerdo que a mí me tocó la mano de tía Aminta. Era la viuda de un hermano de abuelito Payeyo y vivía sola, al lado de mi casa, una señora de mucha edad, medio petiseca, vestida siempre de negro, un luto imperecedero en honor a tío Miguelito, su marido, de quien ella no pensaba olvidarse jamás. Mi hermano Tato y yo, de vez en cuando, nos subíamos en un mamón que había entre su casa y la nuestra, y nos poníamos a espiar, creyendo que descubriríamos algunos de los misterios que la envolvían. Desde allí veíamos la galería trasera, donde nos golpeó el cuadro de tía Aminta sentada junto a otras señoras; hablaban como gallinas cluecas, mientras bebían de unos vasos altos, conteniendo mucho hielo y, a nuestro entender, refrescos de jagua, por el color ambarino. A Tato y a mí nos entraron ganas de brincar la cerca y acercarnos a las mujeres para que nos brindaran de la bebida, pero no nos atrevimos por el respeto que nos inspiraba la anciana señora.
Cuando tía Aminta me tomó de la mano en el entierro de abuelito Payeyo, me sentí como desubicado. Yo quería que fuese papá o mamá quien me consolara, pero mi papá Abelardo, hijo único de abuelito, estaba recibiendo todavía los pésames de la gente, que lo abrazaban y le decían cosas, y mi mamá Victoria tenía las manos ocupadas con las de Tato y Luisita, que se me habían adelantado; así que suspiré y me conformé.
Oí la misa de cuerpo presente que daba el cura ante el féretro, en la habitación octagonal llena de gente que aplastaba las coronas de flores pegadas a las paredes; luego caminé, con tía Aminta a mi lado, acompañando el féretro hasta la calle, donde los hombres se separaron de las mujeres y de los niños, se colocaron detrás del coche fúnebre y formaron una procesión que iría a pie hasta el cementerio. En la casa las mujeres se amontonaron alrededor de mi abuelita Emilia en la galería delantera, para rezar un rosario con ella, excepto tía Aminta, que me llevó a un rincón de la habitación octagonal, ahora vacía y desolada, con florecitas y ramitos de follaje tirados por el suelo, y un pozo de agua deshelada en el centro.
—¿Qué fue lo que te dijo Payeyo anoche, Tito? —me preguntó tía Aminta.
Le expliqué que sólo tuve una sensación: me pareció oír algo y grité porque me asusté cuando una cosa me tocó la mano.
—Tú eres un muchachito muy sensible, Tito —dijo tía Aminta, y me dio un beso frío en la frente.

Pasó el tiempo. Como dos meses después, o quizás más, no recuerdo bien, yo estaba durmiendo como un bendito, cuando me dieron una sacudida.
—Despiértate, Tito —decía mamá Victoria.
Alcé la cabeza un poco azorado, sin saber qué pensar.
—¿Qué pasa, Mamá? —pregunté.
Tato se movió en la cama a mi lado.
—¿Qué pasa, Mamá? —preguntó él también.
—Sigue durmiendo, Tato —ordenó Mamá, y a mí—: Tú, Tito, levántate y vístete; tía Aminta quiere verte. Ponte el flusito de ir a misa.
Me asusté. Sentí el beso frío que tía Aminta me dio en la habitación octagonal de abuelito Payeyo, que se mantuvo en mi frente como un pedazo de hielo.
—Mamá, no quiero ir —dije.
—Déjate de cosas, Tito; tía Aminta te necesita.
¿Para qué? Recuerdo que me vestí sin ganas, pensando lo peor. Unos días atrás había comentado con mi primo Leoncio la inquisición de tía Aminta sobre lo que abuelito me dijo la noche en que murió. Leoncio se pronunció:
"Eso es que tía Aminta es una bruja. ¿Tú sabías eso?"
Era mentira.
"Tía Aminta no es ninguna bruja —argumentó mi hermana Luisita—. Ella sólo se junta con sus amigas para invocar a los espíritus. Mamá dice que ella llama a tío Miguelito y habla con él."
Leoncio rió.
"¿Eso es lo que dice tu mamá, eh? Pues mi papá dice que tía Aminta se monta en una escoba."
Ese era el cuadro: tía Aminta hablaba con los muertos, andaba tras su marido donde estuviera y, ahora, eran cerca de las doce de la noche y me mandaba a buscar. ¿Para qué me necesitaba?

Mamá me acompañó a la casa de tía Aminta y me dejó en la puerta.
—Sube las escaleras, que ella te espera allá arriba.
En el camino, me había tranquilizado. Razoné un poco la cosa; si Mamá era quien me llevaba adonde tía Aminta, yo no podía correr ningún peligro. Mi mamá me quería, de eso estaba seguro.
Subí las escaleras agarrándome de la balaustrada, lentamente, escalón por escalón. Cuando me acercaba a lo alto, divisé la figura de tía Aminta. Estaba envuelta en un manto oscuro de la cabeza a los pies. Sacó su mano de la tela que la envolvía y aferró la mía. Sentí la misma sensación de rechazo de la vez que se puso a mi lado en el entierro de abuelito Payeyo... y más cosas, como premoniciones de desamparo y calamidad.
—Tito —dijo, halándome con una fuerza inesperada—, tu abuelito Payeyo te llama.
Palidecí, el corazón me comenzó a brincar a galope, sentí un vacío en la boca del estómago.

No recuerdo bien qué pasó después.
Mamá me preguntó y le dije:
—Tía Aminta me llevó a una habitación donde había otras doñas sentadas alrededor de una mesa, agarradas de las manos. Los bombillos de la habitación estaban apagados, pero había iluminación de muchas velas largas y cortas, prendidas frente a un altar con muchos santos. Tía Aminta me presentó: "Aquí está Tito"; un reloj de pared comenzó a tocar las doce campanadas de la medianoche... y de ahí en adelante se me forma una nube.
—¿Y don Payeyo, habló contigo? —preguntó mamá, no aceptando mi desconcierto.
—Tía Aminta dice que yo soy muy sensible —dije, anteponiéndome al disgusto de mamá, pero ella no consideró el desvío.
—¿Qué te dijo tu abuelo? —exigió entonces.
Traté de atenuar la cosa con verdades a medias.
—Tía Aminta no me dijo, Mamá. Después que tía Aminta me sentó a la mesa entre sus amigas y topé las manos con las de ellas, perdí el conocimiento. Tía Aminta dice que yo entré en trance...

Mamá averiguó con tía Aminta lo que abuelito Payeyo mandó a decirle a la familia esa noche, pero yo nunca lo supe. El día que le pregunté se armó una batahola.
Papá no estaba en la casa la noche en que tía Aminta me mandó a buscar; se encontraba en provincias, en uno de sus viajes de trabajo, y no sabía lo que había pasado.
—¿Qué fue lo que le hicieron a Tito, Victoria? —dijo a Mamá, al oírme preguntar.
Mamá le explicó y Papá se enfureció.
—Tía Aminta puede tener todas las sesiones espiritistas que ella quiera para hablar con tío Miguelito, o con el diablo, si ella lo busca; pero que no meta a mi familia en eso.
Con el pleito que siguió entre Papá y Mamá, no se llegó a aclarar la pregunta que hice. La confrontación duró varios días, con golpes de puertas, silencios impenetrables durante las comidas y caras serias por todas partes.

En una reunión en su casa, mi primo Leoncio me encaró.
—¿Tú sabes qué le dijo abuelito Payeyo a tía Aminta la noche que te llamaron?
El asunto se había regado por toda la familia.
—No, ¿qué le dijo? —pregunté, asumiendo que Leoncio no podía saber... o quizás sí.
—¡Que con su llamadera tenía a tío Miguelito alzado, como un alma en pena; que lo dejara tranquilo!
Leoncio se echó a reír con tanto aspavientos que casi me tumba. Yo no le hallé gracia al asunto, dudé de sus palabras y hasta hoy sigo preguntándome si abuelito Payeyo dijo algo importante a tía Aminta esa noche. Gracias a Dios, hasta ahora, mi abuelito no ha reaparecido otra vez para aclararlo, ni a tía Aminta se le ocurrió volverme a llamar. No que yo crea en esas cosas; en revelaciones del futuro y cuestiones del más allá, he sido muy estricto conmigo mismo. Nunca he dejado que me lean la mano, la taza o las barajas, tampoco he ido donde un brujo o una vidente... y eso que he tenido muchas oportunidades.

04 Cuentos bíblicos: ORFA

ORFA

Sagrada Biblia. Rut. Cap. 1. Vers. 3, 4, 5.
3. Y murió Elimélek, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos, 4. los cuales tomaron para sí mujeres moabitas; el nombre de una era Orfa, y el nombre de la otra, Rut; y habitaron allí unos diez años. 5. Y murieron también los dos, Mahlón y Kilyón, quedando así la mujer desamparada de sus dos hijos y de su marido.

Por Manuel Salvador Gautier

Las palabras de Noemí no sobrecogieron a Orfa, pues ella las esperaba. Orfa miró a Rut, a su lado, para descifrar su reacción. Las tres mujeres estaban sentadas frente al hogar de la pequeña casa del difunto Elimélek, donde se habían refugiado Orfa y Rut, después de la muerte de sus respectivos maridos. Acababan de comer las últimas migajas que quedaban en el almacén de la casa y las acechaba el hambre.
—He determinado volver a mis tierras de Judá, donde encontraré a parientes que me protegerán. Ustedes pueden acompañarme o regresar a sus casas, de donde salieron para casarse con mis hijos —manifestó Noemí a sus dos nueras, proponiendo una solución a las circunstancias negativas en que ellas tres se hallaban.
Eran las palabras de orden, las que Noemí estaba obligada a expresar.
A continuación, Noemí trazó el plan a ejecutar.
Para hacer el viaje de vuelta a su casa, Noemí iría a Siclag, el poblado más cercano, y vendería las prendas y objetos de valor que quedaban en la casa. Orfa y Rut podrían mantener los campos adquiridos por Elimélek en tierras moabitas, abandonados por falta de hombres en la familia (también por no haber medios para pagar la mano de obra que aparecía abundantemente en el lugar, debido al desempleo existente) Estos campos tenían un valor que les sería de provecho a las dos jóvenes viudas para que fueran recibidas con dignidad, de vuelta a sus respectivas familias; también para conseguir nuevos esposos, si venía el caso, aunque esto último sería más difícil, ya que Orfa y Rut, al escoger a extranjeros para casarse, habían desestimado el derecho de consanguinidad (o “levirato”) que obligaba a los parientes de sus esposos a rescatar los campos de Elimélek, a protegerlas para que no pasaran penurias, y a casarse con ellas para tener descendencia y mantener vivos los nombres de Kilyón y Mahlón. En el lugar no había parientes masculinos de Elimélek a quienes hacerles tales exigencias.
Las dos viudas jóvenes protestaron inmediatamente la decisión hecha por Noemí, y le aseguraron que era su deber permanecer al lado de ella, no importaba en cuáles circunstancias.
Era la respuesta obligada, la que ellas debían pronunciar.
Rut fue la más vehemente. Habló llorosa.
—Te acompañaremos, donde quiera que vayas, Noemí. No dejaremos que tomes sola los caminos peligrosos que llevan a Judá, y menos ahora, con la cantidad de bandidos y delincuentes que han surgido por la hambruna que hay.
Orfa lloró también, como debía. Protestó igualmente; pero en lo más íntimo de su ser sintió una cierta rebeldía. Ella casó con Kilyón por amor, a pesar de toda la oposición que le hizo la familia. Lo conoció en el camino al poblado de Siclag y quedó prendada de él. Ella era una niña de trece años, bien desarrollada, y él un mancebo alto, recio, de barba corta y mirada salvaje. Comenzaron saludándose cuando se encontraban casualmente, y terminaron hablando a la vera del pozo. Él le dijo que la había admirado desde la primera vez que la vio, y ella confesó ruborizada que había sentido lo mismo por él. Se tocaron las manos húmedas por el salpique de las cubetas de agua, para nunca más volver a separarlas. De la misma manera que Orfa enfrentó entonces a sus padres y a sus hermanos, podía acercarse a ellos ahora, y exigirles protección. Ella sabía que ellos la amaban y que no la abandonarían… y ella prefería quedarse entre ellos, estar entre los suyos.
Orfa había conversado con Rut la probabilidad de volver a las tierras de Judá, tierra de israelitas, para exigir matrimonio a los parientes de Elimélek. A Rut le pareció una solución adecuada a las necesidades de ellas dos. “Tendremos una nueva oportunidad”, dijo Rut, entusiasmada. Una nueva oportunidad para casarse con otro hombre que no amaba, pensó Orfa de Rut. Orfa sabía que Rut se emparejó con Mahlón porque fue la única opción que le quedó; ella había alcanzado la edad de dieciocho años sin estar comprometida, y esto significaba ostracismo e infelicidad para ella. Orfa no entendió nunca por qué le ocurrió esto a Rut; ella siempre fue una niña atractiva, simpática, trabajadora, el modelo de mujer deseado por cualquiera de los varones moabitas que se movían alrededor de su casa. Había un misterio que velaba las circunstancias por la cual los hombres que se decidieron a solicitarla fueron rechazados por sus padres y sus hermanos, hasta que apareció Mahlón, un extranjero. Fue un matrimonio rápido, sin los festejos tradicionales. No como el de Orfa. Ella exigió que se aplicaran, una a una, las costumbres moabitas establecidas: la petición del varón al padre y a los hermanos, con la rebatiña sobre la dote (que estaba acordada de antemano, pero que requería una discusión vociferante para demostrar que la hija era amada por sus parientes y deseada por su pretendiente); la primera visita del pretendiente a la casa de la desposada, con el ritual de las flores, cuyos pétalos el pretendiente esparcía por el aire, hasta llegar al lado de la desposada, cubierta por velos que la ocultaban de pies a cabeza, y solicitarle que fuera su esposa, mientras la despojaba del primer velo; la segunda visita del pretendiente, en la cual éste desparramaba por el suelo una jarra llena de vino, según caminaba hacia donde estaba la desposada, hasta dejar vacía la jarra, entonces él se acercaba a ella, le decía que en sus viñedos crecerían las uvas que producirían vinos en abundancia para llenar mil veces la jarra derramada, y le quitaba el segundo velo; así, hasta la última visita del pretendiente, en que éste, después de esparcir trigo a lo largo de su camino, le aseguraba a la desposada que habría siempre alimentos para su casa, luego se acercaba a ella y le arrancaba el último velo, el séptimo; entonces ella lo tomaba a él de la mano y daba los primeros pasos hacia la puerta de la casa de sus padres, quienes, momentáneamente, le impedían la salida; y, al final, la ceremonia del matrimonio, con las conmemoraciones previas dedicadas al dios Balec y a la diosa Alia, los ritos de los sacerdotes en el templo, los juegos, los bailes, la orgía al aire libre, alrededor del fuego, hasta que los desposados escapaban al bosque más cercano, y allí enterraban las figuritas de Balec y de Alia a la sombra de un árbol, se deseaban felicidad eterna y se besaban. El primer beso, el más tierno, el más hermoso. A continuación debía seguir la posesión de ella por él, la culminación de la espera. Mas hubo un último rito, exigido por Kilyón para atender a su dios Yahveh, a quien él adoraba y a quien no quería ofender en ese momento supremo de su vida en que escogía mujer. Para Orfa, fueron ceremonias que duraron un tiempo enorme, casi infinito, pues ella amaba a Kilyón y lo deseaba ardientemente; pero ella prefería cumplir con la tradición, para que su matrimonio fuera santificado y aprobado por todos los que se le habían opuesto.
Noemí quedó pensativa ante la negación de sus dos nueras de abandonarla. La decisión de éstas, en definitiva, no le era muy grata, pues la compañía de las dos moabitas en Judá, tierra de israelitas, podía contribuir a que sus parientes la rechazaran. Primó el interés propio.
—No hay razón para que me acompañen —insistió Noemí—. Ya yo no tengo más hijos que me esperan en Judá, para que las acojan a ustedes como esposas. Ustedes dirán que podría volverme a casar y tenerlos; pero, ya ustedes son mujeres de más de veinte años; ¿los esperarían ustedes hasta que estuviesen grandes? ¿Dejarían ustedes de casarse otra vez por amor a ellos? No, mis hijas. La mano de Yahveh ha salido en mi contra. Volveré a Judá, como una pordiosera, a pedir limosnas para seguir viviendo. Esto es lo que puedo ofrecerles si me acompañan.
Orfa aceptó el rechazo, aliviada. Buscó los pocos enseres que poseía y besó a su suegra para despedirse.
Rut, en cambio, permaneció al lado de ésta.
—Rut, haz como tu cuñada, que vuelve a su pueblo y a sus dioses, vete con ella; no insistas en venir conmigo —dijo Noemí.
Rut se negó.
—No me ruegues que te deje, Noemí —dijo—; donde tú vayas, yo iré; donde tú vivas, yo viviré; y donde tú mueras, yo moriré. No me importa cómo ocurra ni qué ocurra, y si Yahveh siga o no contrariado contigo.
Noemí la miró con dureza. Rut, en cambio, le sonrió.
—Bien. Así sea —aceptó Noemí, finalmente.
Y así fue. Orfa permaneció en el país de Moab, tierra de filisteos, y Rut partió con Noemí hacia Judá, tierra de israelitas, abandonando a sus familiares más cercanos y llevando su misterio con ella.
Orfa volvió donde sus padres, Joel y Diasta.
Su hermano mayor, Saldic, con el apoyo de sus otros hermanos, se hizo cargo de los labradíos de Elimélek, que, poco a poco, recuperaron su productividad. Eventualmente, Orfa ocupó la casita que Kilyón le construyó a la vera de uno de los campos de su padre. Vivía sola, visitada por sus hermanos y sus cuñadas, a veces, por sus progenitores. No aceptó a otro hombre, a pesar de que tuvo varias proposiciones, algunas muy tentadoras, como la de un señor rico del poblado, un viudo prestigioso, que se codeaba con los gobernantes del lugar y que habló con sus padres para que ella lo aceptara. Su único amor había sido Kilyón, y no se entregaría a otro hombre ni tendría hijos de otro. En nombre de Kilyón, adoraba al dios Yahveh, realizando las ceremonias caseras que había aprendido de él. Quería creer en el castigo a los malvados y en la remuneración a los justos, cuando, al final de los tiempos, se levantarían todos de la muerte para enfrentar un juicio que evaluaría a los buenos y los conduciría de nuevo al paraíso. Allá, volvería a encontrarse con Kilyón.
Hizo lo que toda buena nuera debe hacer. Averiguó dónde vivía Noemí en Judá, tierra de israelitas, y le envió parte de las ganancias que Saldic y sus otros hermanos obtuvieron en las cosechas de trigo que sembraron en los campos de Elimélek. El intermediario que llevó el mensaje con la letra de cambio le aseguró que la había entregado a la persona indicada, y Orfa esperó alguna constatación de recibo de parte de Noemí; pero, hasta el momento, no había tenido respuesta alguna.
Orfa estaba sentaba en el portal de su casa, contemplando cómo la brisa movía las espigas de trigo en los campos frente a ella. Notó, distraídamente, que un hombre se acercaba por el camino al poblado de Siclag y presumió que era su hermano Saldic, a quien ella esperaba en cualquier momento para tratar algunos aspectos de la cosecha, a punto de iniciarse. Recapacitó, sin embargo; había algo en la figura del hombre que no correspondía a la de su hermano. Era, más bien, la de un extraño.
El hombre se acercaba cada vez más, y Orfa comprobó su error. Era, efectivamente, un extraño, un hombre mayor que vestía a la usanza de los habitantes de Judá, tierra de israelitas.
Orfa sonrió. Debía ser el mensajero que Noemí le enviaba para arreglar cuentas. Su suegra, seguramente, querría constatar la cantidad que realmente le correspondía de las ganancias obtenidas, acuciada por la codicia; pero a ella la posible inquisición no la inquietaba. Ella había sido justa en la división, repartiendo las ganancias equitativamente entre tres, la parte de Noemí, la de Rut y la de ella.
El hombre llegó hasta donde estaba Orfa.
—Yahveh esté contigo —dijo, cruzando sus manos por delante para demostrar respeto—. Me han dicho que aquí vive Orfa, la viuda de Kilyón, hijo de Elimélek, hijo de Creal.
Orfa se levantó de su asiento, para hacer la reverencia que le correspondía como mujer.
—Yahveh esté contigo —respondió, haciendo énfasis en el saludo al dios único de Judá, tierra de israelitas—. Es como dices. Yo soy Orfa, esposa de Kilyón, hijo de Elimélek, hijo de Creal.
El hombre inclinó la cabeza.
—Yo soy Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, yerno de Noemí y esposo de Rut. Vengo en nombre de mi suegra Noemí y de mi esposa Rut para hablar contigo.
Orfa sintió un estremecimiento que le recorrió la espina dorsal. La formalidad con la que se presentaba este señor no presagiaba nada bueno. Deseó que su hermano Saldic llegara pronto, para que, como hombre y pariente de ella, actuara de mediador en esta situación.
—¿Cómo están mi suegra Noemí y mi cuñada Rut? —preguntó Orfa, cumpliendo con los requisitos de cortesía.
—Están bien. Ellas te mandan esta prenda, para que la reconozcas y compruebes que hablo por ellas.
El señor sacó de entre sus vestidos un objeto envuelto en una tela blanca, bordada exquisitamente, y lo dirigió hacia Orfa.
—No sé por qué —dijo Orfa, rechazando el objeto—; pero me da la impresión que no necesito una prueba de parte de mis parientas, Noemí y Rut, para saber a lo que vienes.
El señor sonrió levemente.
—Rut me previno que tú actuarías así —dijo.
—¿Rut sigue igual de interesada? Tú debes ser un hombre muy rico, que puedes darte el lujo de abandonar tus campos al inicio de la cosecha y venir donde mí a reclamarme las tierras que mis hermanos han puesto a producir —Orfa expresó su sospecha inmediatamente, para no caer en un juego de buenos o malos entendidos.
El señor palideció.
—Si no fuera porque eres la viuda de mi hermano Kilyón, me sentiría ofendido.
—No hay otra razón para que mis parientas, Noemí y Rut, me enviaran un embajador de la calidad tuya. Estoy segura que no viniste para agradecerme que les mandara las porciones de las ganancias que les corresponden, obtenidas en el cultivo de las tierras de Elimélek.
Orfa sintió un ruido detrás de la casa y supo que Saldic había llegado. Lo agradeció a Yahveh.
—Mi hermano mayor, Saldic, está aquí. Quizás convenga que hables el asunto con él.
El señor frente a ella consintió con la mirada.
Callaron.
Saldic llegó al portal dando la vuelta a la casa y se sorprendió de encontrar a Orfa acompañada de un extraño, con pinta, además, de extranjero. Orfa explicó quién era el señor, pidió a Saldic que hablara por ella, y los dejó para que se enfrascaran en las explicaciones (o exigencias) que traía el mensajero de Noemí y Rut.
Orfa se colocó bajo la sombra de un árbol cercano. Ya era cuestión de esperar. Por el corto intercambio que tuvo con Booz, ella estaba convencida que el esposo de Rut había venido a reclamar los campos de Elimélek en Moab, tierra de filisteos. Era mejor ganar tiempo, dejar que su hermano Saldic oyera los argumentos que traía el hombre, luego discutirlos con Joel, su padre, y con sus otros hermanos. Debía haber alguna manera viable que le permitiera retener esos campos a punto de entregar sus frutos.
Orfa abandonó estos pensamientos sombríos y se ensimismó en los recuerdos gratos que le proporcionaba la sombra del árbol donde se encontraba. Bajo una sombra similar recibió el primer beso de Kilyón; sintió la mano ruda de él, desarreglando sus vestidos y acariciando su piel, y descubrió la diferencia entre el sexo y el amor.
Mientras Orfa esperaba, el tiempo cambió. El cielo se nubló y la brisa se intensificó, presagiando un temporal, con lluvias, truenos y centellas.
Saldic buscó a Orfa bajo el árbol y le explicó lo que Booz, el marido de Rut, venía a proponer. Había estado un buen rato con éste y tenía mucho qué decir.
—Él te reclama como segunda esposa, por tú ser la viuda de Kilyón, hijo de Elimélek, hijo de Creal, y él ser el pariente más cercano. Él dice que como esposo de Rut, él podría exigir la entrega de los campos de Elimélek, porque Kilyón murió primero y Mahlón lo heredó. Aunque la herencia no se legalizó ante los ancianos, para fines de la ley, es como si hubiese ocurrido. Al casarse con Rut, Booz adquirió los derechos a todas las propiedades de Elimélek y de sus hijos. Booz prefiere obtener los campos con tu consentimiento casándose contigo, como corresponde que ustedes dos hagan, por la ley del “levirato”. Será una ceremonia sencilla, y luego él partirá, dejando ajustadas las cuentas para que las ganancias que se produzcan aquí sean repartidas equitativamente entre los de aquí y los de allá.
Orfa estuvo al punto de protestar esta aserción. Más equitativo de como ella lo había manejado, no podía hacerlo nadie; sin embargo, en vez de discutir el punto, le interesó más aclarar algo que Saldic acababa de decir.
—¿Él partirá enseguida? —preguntó.
—Así dijo.
—¿Me dejará aquí, sin hacer reclamo de mi cuerpo?
—No dijo eso, no. Al menos, yo no lo entendí así.
—¿Qué tú piensas, Saldic?
—Creo que sólo matándolo podríamos liberarte de esta situación.
Orfa rió.
—¿Sólo matándolo?
Saldic rió también.
—¿Tú sabes cómo Rut consiguió casarse con Booz? —dijo. Saldic no esperó la respuesta de Orfa y siguió con su historia—: Ella fue a recoger cebada a los campos de Booz, para conocerlo y acercarse a él; luego se le metió en la cama y le exigió matrimonio, reclamando la ley de “levirato”.
Orfa no podía esperar otra cosa de Rut.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Booz me lo acaba de decir. Contado de otra manera, por supuesto.
Saldic hablaba riendo, tomando a broma todo el asunto.
Orfa decidió conversar directamente con Booz.
Él la aguardaba.
—Mi hermano Saldic me dice que quieres imponerme la ley de “levirato” con un matrimonio forzado.
—Lo propongo de acuerdo a la ley —dijo Booz.
El hombre lucía paciente, dispuesto a un largo diálogo con ella.
—Una ley que se aplica para desvalijar viudas y abultar las rentas de gente codiciosa.
Booz no se inmutó.
—Yo podría echarte de estos campos de Elimélek, a ti y a tus hermanos —dijo—, y pagar a un administrador para ponerlos a producir. Pero yo prefiero que se aplique el “levirato”. Casarme contigo, para que tú tengas un hijo que me herede, y para que un descendiente del linaje de Kilyón sea quien trabaje estos campos cuando tú y yo hayamos desaparecido. Piensa, Orfa. Piensa en el futuro, no en el presente.
Orfa no esperaba este argumento. Pensó en Kilyón: ¿Qué cosa aprobaría él en estas circunstancias? Pensó en un hombre en su cama, distinto a Kilyón, un hombre que era y que no era Kilyón. ¿Cómo se sentiría ella?
—Dame tiempo para hacerte mi propuesta —dijo.
—Tienes hasta mañana. Mientras tanto, dame protección del temporal que viene —dijo Booz, sonriendo, y Orfa supo enseguida que él aceptaría lo que ella le exigiera. Acababa de ver en los ojos de Booz el mismo brillo salvaje que ella vio en los ojos de Kilyón la primera vez que hablaron, a la vera del pozo, y la misma sonrisa conmovedora. No podía negar que eran parientes.
Esta vez el matrimonio de Orfa se hizo de manera casi clandestina, de acuerdo a los ritos de Judá, tierra de israelitas, y bajo la protección de Yahveh, el dios único. Las exigencias de Orfa a Booz fueron muy sencillas: Ella y Booz pasarían una sola noche juntos, para consumar el matrimonio. Si como resultado de esa unión, ella salía encinta y daba a luz un varón, sería porque Yahveh así lo comandaba, y Booz debía hacer al recién nacido el heredero de los campos de Elimélek en Moab. De una u otra manera, los hermanos de ella seguirían administrando la producción de trigo, hasta que su hijo tuviera edad para hacerlo.
Orfa tuvo un hijo llamado Darcon, que tuvo un hijo llamado Belaam, que tuvo un hijo llamado Sarmec, que fue quien recibió a David, futuro rey de Judá, tierra de israelitas, y a sus mujeres, cuando éste se refugió en Moab, tierra de filisteos, huyendo de la furia del rey Saúl, y Aquis, hijo del rey Maoc, le asignó la aldea de Siclag, para que permaneciera allí el tiempo que le fuera conveniente, con sus hombres y su comitiva.
David era biznieto de Booz, Sarmec también, uno por la descendencia de Rut y el otro por la de Orfa. Antes de decidir definitivamente refugiarse en las tierras de los filisteos, David le solicitó a Sarmec que fuera su embajador ante el rey Maoc y su hijo Aquis, para que les ofreciera los servicios de él y de sus hombres. Las dos ramas de las descendencia de Booz se mantenían en contacto. La descendencia de Orfa había multiplicado su riqueza, y Sarmec era un hombre respetado en los alrededores de la aldea de Siclag. El linaje de Elimélek mantuvo su vigencia, con lazos de confraternidad entre todos sus miembros, en la distancia y en la cercanía, en los buenos tiempos y en los malos, por el engrandecimiento de Israel y la gloria de Yahveh.

Sagrada Biblia. I Samuel. Cap. 27. Párr. 1, 2, 3, 4, 5 y 6.
27.“Dijo luego David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de lo s filisteos, para que Saúl no se ocupe de mí, y no me ande buscando más por todo el territorio de Israel; y así escaparé de su mano. 2. Se levantó ,pues, David, y con los seiscientos hombres que tenía consigo se pasó a Aquis hijo de Maoc, rey de Gat. 3. Y moró David con Aquis en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia; David con sus dos mujeres, Ahinoam jezrealita y Abigail la que fue mujer de Nabal el de Carmel. 4. Y vino a Saúl la nueva de que David había huido a Gat, y no lo buscó más. 5. Y David dijo a Aquis: Si he hallado gracia ante tus ojos, séame dado lugar en alguna de las aldeas para que habite allí; pues ¿por qué ha de morar tu siervo contigo en la ciudad real? 6. Y Aquis le dio aquel día a Siclag, por lo cual Siclag vino a ser de los reyes de Judá hasta hoy”.


Hato Mayor del Rey, Ateneo Insular, Enero 2005

02 Cuentos bíblicos: URÍAS


URÍAS

Santa Biblia, 2 Samuel, cap. 11, vers .13, 14
13. Y David lo convidó (a Urías) a comer y a beber con él, hasta embriagarlo. Y él salió a la tarde a dormir en su cama con los siervos del señor; mas no descendió a su casa.
14. Venida la mañana, escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías.

Ganador del Segundo Premio, Sección Narrativa del Primo Premio “Citta di Viareggio Il Molo”, patrocinado por la Editora Il Molo, en Viareggio Italia, traducción al italiano de María Antonietta Ferro.

Por Manuel Salvador Gautier

***

Puerto Plata, Ateneo Insular, enero de 2005
Publicado en español en
El Ideal Interiorista, Teoría estética y creación literaria
Antología de Bruno Rosario Candelier
Ateneo Insular, Moca, República Dominicana
2005

Publicado en italiano en Antologia 2005
Narrativa —Poesia
1er. premio Citta de Viarreggio Il Molo
Prima edizione * Edizione Il Molo, 2005

***
Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. Pertenezco al cuerpo de caballería del ejército de la casa de Israel. En ocasiones, he guiado una carroza, aunque este artefacto de guerra no es mi fuerte; me siento más cómodo encima del caballo. He engrosado las primeras filas de muchas batallas, dispuesto a morir por la magnificencia de nuestro rey David, la supremacía del Arca de la Alianza y la gloria de los pueblos de nuestro Dios Jehová. He salido ileso todas las veces que entré en combate, si se descartan las heridas de jabalina y de flecha que recibí, sin que me impidieran seguir adelante, y que fueron tratadas y sanaron en un tiempo prudente. Las llevo con orgullo. Siempre me defendí con denuedo; nunca me sorprendieron desprevenido. Mis compañeros de armas me consideran un hombre de suerte. Y, quizás, lo he sido… Hasta ahora.
En este momento, salgo del palacio de nuestro rey David en Jerusalén, después de una reunión con él, y llevo conmigo un mensaje del Rey al jefe militar Joab, al frente de las huestes que asedian a Rabá, la ciudad real de los amonitas. Como en otras ocasiones recientes en que nos hemos visto, en esta reunión el Rey me trató con tacto y tuvo conmigo muchas atenciones. Mientras tomábamos de un vino exquisito y comíamos frutas deliciosas de una enorme fuente delante de él, el Rey proclamó su admiración por los siervos que, como yo, han demostrado absoluta lealtad a su persona y al Dios Jehová. Considera el Rey que un ejército formado por hombres de ese tesón, difícilmente pierde una campaña. Le creo; estoy de acuerdo. Sólo que yo sé la razón que lo mueve a hacer este tipo de comentario que me favorece. Le respondí que, en el ejército, son muchos los siervos con mis virtudes que darían sus vidas por él y por el Dios Jehová; y añadí que sus siervos lo consideramos el más grande conquistador que hayamos tenido jamás, por propiciar la ocupación de territorios que producen enormes riquezas para los pueblos de Israel y de Judá, de manera que estos se sientan, realmente, los pueblos elegidos del Dios Jehová. El Rey sonrió conmovido; le gustan las lisonjas; es humano, como lo somos todos nosotros. Es, además, inhumano, como también lo somos todos.
Cuando, hace apenas unos días, nuestro rey David dio instrucciones al jefe militar Joab de enviarme a Jerusalén, yo conocía el motivo. Aquellos que permanecen en nuestras poblaciones no tienen idea de lo rápido que llegan al campo de guerra las noticias de lo que ocurre por allá, y más aún, tratándose de algún escándalo provocado por el Rey. Entre los oficiales y los soldados, la comidilla palaciega más reciente era la historia de la mujer que se bañaba en la azotea de su casa y que el Rey divisó desde una ventana alta de su mansión, la mandó a buscar y la poseyó. Hasta yo me reí cuando la oí contar, dispuesto a celebrar las aventuras del hombre mujeriego que es nuestro Rey. En un momento dado, me di cuenta que la historia de la mujer en la azotea tenía que ver conmigo. Nadie me trató la relación; noté, tan sólo, que, después de comentado el chisme por primera vez delante de mí, ninguno de los compañeros a mi alrededor estaba dispuesto a compartirlo conmigo de nuevo. Hablé con el oficial a cargo del correo, un viejo amigo de muchas lides; él había estado en Jerusalén últimamente y debía saber todos los detalles del caso. Le expuse mi inquietud. “¿Quién es la mujer? ”, le pregunté, sin más rodeos. El amigo me dio el nombre y me dijo más, me informó que la mujer estaba encinta del Rey. Me recomendó prudencia. Era Betsabé, mi consorte.
No es la primera vez que Betsabé me traiciona; pero, al menos, las otras veces lo hizo con sujetos que pude eliminar. Yo disimulaba una ofensa cualquiera con el individuo en cuestión para provocar un duelo que yo siempre ganaba, pues soy un adversario imbatible. Si esto no era conveniente, yo pagaba sicarios para que despacharan al individuo lejos de mi casa, de manera que no cayeran sospechas sobre mi familia, especialmente, sobre Betsabé. Así limpiaba mi honor.
Esta vez era inadmisible adoptar una de esas opciones, pues el Rey, para un soldado, es intocable. Además, nuestro Rey David está muy bien custodiado. De hecho, las veces que estuvimos juntos en su palacio había varios miembros de su escolta muy cerca de nosotros; cualquier movimiento extraño que yo hiciera, me inmovilizaban.
Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. Admito que, para ser un regicida, hay que convertirse en un rebelde que desafíe la autoridad del Rey, y yo no lo soy. Siempre obedeceré las órdenes de guerra que se me den. Las órdenes de guerra, no las artimañas para engatusarme.
He pensado mucho en Betsabé. La considero una mujer de grandes recursos, fuera y dentro de la cama. Hay algo que la favorece enormemente: ella se mantiene siempre muy hermosa. Agrada volver del campo de guerra, donde lo que aparece para entretenerse son esclavas o prostitutas que, realmente, no dan gusto, y llegar a nuestra casa para encontrar a una mujer que se prepara tan sólo para dar placer y que produce sensaciones y reacciones carnales que sorprenden y deleitan. Creo comprender qué fue lo que la motivó a proceder como lo hizo. Pienso que Betsabé se aburría sin ningún hombre a quien atender. Averiguó que el Rey estaba en la ciudad, lo cual no es muy frecuente; y se propuso conquistarlo. Todos en Jerusalén saben que el Rey se asoma a contemplar lo que ocurre en las calles desde la ventana más alta de su palacio; Betsabé definió su objetivo contando con esto. Posiblemente, ella se bañó en la azotea de nuestra casa dos o tres veces al día, esperando que, en una de éstas, el Rey la divisara. Estoy seguro que no eran simples baños, sino verdaderos despliegues de un cuerpo femenino al desnudo, en contorsiones de danzas eróticas, para deslumbrar al hombre más timorato. Fue una meta muy osada, que ella logró. Luego, para permanecer al lado del Rey, consiguió que éste la fecundara. El Rey siempre ha sido consecuente con las mujeres que le dan hijos, aunque no a todos ellos los reconozca como tales. Para mantener las apariencias frente a los ancianos de las tribus, especialmente, ante el profeta Natán, había que simular que el hijo de Betsabé no procedía del Rey, y esta consideración me afectó de manera directa, pues, supuestamente, yo debía ser el padre, lo cual era imposible, pues, mientras Betsabé y el Rey se revolcaban, yo estaba en el campo de guerra. Ciertamente, Betsabé no pensó en mí en todo este asunto. Ella nunca piensa en mí cuando decide enredarse con otro hombre.
Había una manera sencilla de salir del embrollo. Yo sólo tenía que acostarme con Betsabé tan pronto llegué del campo de guerra, sorprenderme cuando ella me dijera, un mes después, que estaba embarazada, y dejar que ella y el Rey siguieran sus relaciones, sin estorbarlos; pero no pude hacerlo. No pude acatar el plan de un Rey desvergonzado que toma las esposas de sus soldados mientras estos despliegan las tiendas de la casa de Israel frente a sus enemigos y entran en combate, defendiendo el Arca de la Alianza y los pueblos del Dios Jehová. Un Rey así no merece respeto ni consideración como persona. Hice todo lo contrario a lo que él esperaba de mí. Me di ese gusto; aunque sea el último que me dé en la vida. Soy un marido engañado que rehusa entenderse con el hombre que lo engaña; pero que, como soldado, obedecerá las órdenes militares del Rey.
El rey David trazó un plan muy sencillo contra mi honra. Me llamó a su lado; me hizo creer que yo era el portador de importantes noticias del campo de guerra; me preguntó por detalles sobre las defensas del enemigo en Rabá, la ciudad real; requirió mi opinión sobre cómo combatirlas; dio suma importancia a mis observaciones, y redactó unas notas que supuestamente haría llegar a nuestro jefe militar Joab, relacionadas con lo que yo había recomendado. Luego me despachó. “Desciende a tu casa, y lava tus pies”, me dijo. Al salir, recibí un presente de la mesa real. El Rey inflaba mi orgullo y llenaba mi bolsillo. Yo debía correr donde Betsabé y poseerla; pero yo estaba predispuesto. En vez de seguir el plan del Rey, dormí a la puerta de su palacio, en una de las camas asignadas a las tropas de la guarnición. Cuando el Rey lo supo, me llamó de nuevo y me preguntó la razón por la que no había descendido a mi casa. Le respondí muy sencillamente, y, creo que contundentemente. Dije: “El Arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar a mi casa para comer y beber, y a dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que no haré tal cosa”. Temí, por un momento, que el Rey se enfureciera con mi respuesta. No fue así. El Rey me miró con una sonrisa en los labios, llamó a un soldado de su escolta, le dio unas instrucciones al oído, entonces giró hacia mí y me ordenó permanecer en Jerusalén unos días más, para, luego, despacharme a Rabá, la ciudad real, con órdenes bélicas frescas para el jefe militar Joab. Su plan ahora era embriagarme, para enviarme borracho a mi casa, y, habiendo yo poseído o no a Betsabé, propagar que yo la había fecundado. Esta artimaña no funcionó. El Rey podía inducirme a tomar todo el vino que él quisiera, que yo estaba preparado para aguantarlo y ver caer a mi lado, uno por uno, a los que me acompañaban, incluyendo al propio Rey. En el ejército hacemos apuestas al que más cantidad tome, de vino o de cualquier otro licor; los despliegues de borrachos no nos hacen mella. A mí, el exceso de copas me coge con pelear. Cada vez que uno de los miembros de la escolta del Rey, creyéndome totalmente embriagado, intentaba cargar conmigo y llevarme a la fuerza a mi casa, yo me resistía y lo frenaba. Consciente o embriagado, soy un combatiente invencible. Cuando terminó la escancia, me acosté de nuevo en una de las camas a la puerta del palacio.
Finalmente el Rey desistió de su plan, y aquí estoy, portador de un mensaje suyo al jefe militar Joab. He decidido abrirlo para comprobar si contiene lo que presumo. Al Rey no le queda más remedio que mandarme a matar; de otra manera, jamás podría hacer suya a Betsabé y convertirla en una de sus esposas, la única alternativa que tiene para disminuir el escándalo y seguir poseyéndola sin mayores inconvenientes.
Trato de calmarme. Leo.
Efectivamente. El mensaje instruye al jefe militar Joab a tomar una medida de guerra que significa mi eliminación física. Dispone iniciar el asedio final a Rabá, la ciudad real, y añade, muy escuetamente: “Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera”. Del contenido de este mensaje, me consuela y enorgullece, a la vez, que el Rey ponderó algunas de las recomendaciones que le hice y ordena al jefe militar Joab que las ejecute.
Con este mensaje, mi suerte está definida. Haré lo que tenga que hacer. Si he estado dispuesto, durante todos estos tiempos, a morir por nuestro Rey David, por la supremacía del Arca de la Alianza y por los pueblos de nuestro Dios Jehová, ahora es preciso que esté dispuesto a morir por mí mismo, por una causa absolutamente mía: por mi integridad y por mi honor.
Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. En el próximo avance sobre Rabá, la ciudad real, cumpliré con la orden de nuestro Rey David. Acepto la muerte en combate que propone. Es la que me corresponde. Penetraré a galope por entre las huestes amonitas y repartiré golpes y lanzazos hasta que mis brazos no puedan más. Avanzaré hasta el pie de las murallas, al alcance de las flechas enemigas, y entonces, sin titubeos, mostraré mi pecho desnudo para que una, o más, de estas flechas penetre en mi corazón. Sólo así dejaré de ser invencible. Caeré en batalla; pero nadie podrá enrostrarme que prevariqué ante el Rey, aceptando un plan que me haría miserable por el resto de mis días. Moriré con honor y dignidad, y seré respetado por los siglos de los siglos como un hombre que fue engañado, mas que actuó dignamente.
Mi último deseo es que el hijo del rey David, nacido de Betsabé, sea escogido, algún día, heredero a la corona de entre los tantos hijos del Rey, y pueda gobernar la casa de Israel con justicia y con honor, por la magnificencia de nuestro Rey y la gloria de los pueblos de nuestro Dios Jehová. Así, mi sacrificio tendrá sentido. Para ello, confío en las intrigas de Betsabé, que sabrá poner a su hijo en confinamiento hasta que se dé la ocasión propicia para promoverlo; también en la voluntad de nuestro Rey David de mantenerse con vida y en usufructo del poder hasta que la vejez lo aniquile, por lo cual ha eliminado ya y eliminará a todos los que pretenden suplantarlo, sean estos sus hijos, sus siervos o sus enemigos.

Santa Biblia, 2 Samuel, cap. 12, vers. 24
24. Y consoló David a Betsabé su mujer, y llegándose a ella durmió con ella; y ella dio a luz un hijo, y llamó su nombre Salomón, al cual amó Jehová”